La otra noche Dani me llamó para tomar unas cervezas gamberras en su piso de las afueras. Venga, va, tío. Por qué no. Total, era viernes y aquella tarde había escrito cinco o seis páginas en word del libro sobre la Guerra del Vietnam que-estén atentos- Almuzara espera, agotada y paciente, desde hace un par de años. Así que tenía una guapa sensación de trabajo mal hecho, de final de verano, de excusa posmoderna para pegarme una fiesta una noche de viernes de septiembre en casa de mi colega. Si algo me salva es que cada año aún tengo esa fea costumbre -a modo de ritual de principios de curso- de escuchar «Septiembre» de Los Enemigos cada vez que empieza este mes. Y nunca para bien.

Fresco e ingenuo, pues, fui a ver mi amigo como una cursi rosa marchita en otoño, pillé la vespa camino de Huerta de la Reina: ese maravilloso barrio. Aparqué la vespa a la francesa en una esquina a eso de las nueve y llamé al porterillo de casa de mi colega con cierta desgana, y subí al segundo en el montacargas. ¿Qué? Preguntó él nada más abrir la puerta. Ná, bro, que casi me mato esquivando los baches de las calles de esta ciudad hasta llegar hasta tu queli; contesté. Fijo, tío, conducir por aquí es como surfear una maldita ola en Larache. Donde cogimos tantas olas. Me respondió.

Tres días después me llamaron de primera mañana para una entrevista de trabajo. ¿Quieres curro? Me preguntaron. Hombre sí, jefe, respondí a lo Henry Chinaski. ¿Qué hay para mí? Pregunté, ingenuo. Pues sueldos de mierda, agenda veinte treinta, y no podrás irte de vacaciones, insensato, porque los alquileres del veraneo de la antaño clase media ahora están hechos a la medida del guiri franchute, neerlandés o inglés, y no para usted, señor bobo español padre de familia. Poco antes, incauto, de camino al percal laboral, debido a un agujero en el asfalto en la glorieta al final de Arroyo del Moro, los tornillos de la rueda delantera de la vespa se descoyuntaron por culpa de los mil baches de esta ciudad. Así que hubo que tirar de móvil y llamar a la puta grúa.

Una semana después me llamó mi ex. Ey, cómo estás, guapo. Lo de siempre. Pues bien, tía, qué te voy a contar. ¿Quedamos? Me propuso. Y como soy un michael-knight provinciano de pacotilla, le dije que sí. Mejor pásate por mi casa, bonito -propuso-, y te preparo una arepa o algo vegetariano. ¿Hace? No-sabes-dónde-te-metes-tío, me dije, así en bajito. Sí, tía, voy. Respondí, sumiso. Ya había arreglado el tema de los tornillos y la rueda de la vespa de la semana anterior en un taller del barrio de Los Apóstoles; la moto iba mal que bien pero tiraba. Pero a la altura de Cruz de Juárez, de camino a un supuesto paraíso esta vez por fin terrenal -después de tantos meses- encontré el bache definitivo, metafísico y hegeliano que jorobó mi único sueño de verano de clase media, mi odisea carnal yéndose a hacer puñetas en un pis-pás. Como se lo cuento. Mi caída en la vespa camino de casa de mi ex fue la derrota de un mundo que se desmorona, que se extingue, camino del Nuevo Zoco. No llegué a casa de mi ex aquella noche -y ninguna otra- por culpa de los baches de Córdoba. Pero también -todo hay que decirlo- es algo por lo que siempre le estaré eternamente agradecido a la ineficacia de nuestro inane Ayuntamiento.

En esta ciudad, los tipos que conducen las grúas me llaman de tú y a veces quedamos para tomar un café con leche y media con tomate por las mañanas, lejos del lenguaje inclusivo. Mientras, según publican diversos medios, desde la oficina propagandística del Ayuntamiento informan que este verano han invertido varios cientos de miles de euros en asfaltar y mejorar ciertas calles y avenidas de Córdoba.

Cuando les comento esta noticia chusquera a mis colegas de las grúas durante el desayuno en la cafetería Mané -casi siempre convidan ellos- creo atisbar de refilón, lo juro, un maligno brillo en sus colmillos mientras rebañan con el mondadientes los restos de la tostada.