El pueblo sin complejos
«El reducto del buen gusto queda reservado a quien no tiene complejos en lucir su portal de Belén y con cuantas más figuras, mejor»
Cuando aún no se avizora por el horizonte la llegada de la Navidad, se activan múltiples resortes que nos insisten en su cercanía con el único objetivo de que comencemos a gastar antes de tiempos. Esta mercantilización de la fiesta busca, sin lugar a dudas, su desnaturalización y, por supuesto, hacer caja. Cualquier excusa es buena para el negocio.
De forma paralela, el reclamo navideño aparece pero de forma vergonzante, que parezca lo que no es. La iconografia propia por excelencia de la Navidad es sustituida por una fría abstracción que nada transmite y que otorga tranquilidad de conciencia a quienes sólo buscan usar las tradicionales fiestas como elemento lucrativo.
Así, una sociedad pastueña ha ido tragando lentamente que la Navidad -que nuestra Navidad- quede ahora simbolizada a través de los siniestros soldaditos del Cascanueces, de unas casitas deshabitadas con el castigo de la nieve en sus tejados y las gélidas estrellas de hielo que convierten las calles y los escaparates en la puerta de un frigorífico de alta gama.
En fin, que el reducto del buen gusto queda reservado a quien no tiene complejos en lucir su portal de Belén y con cuantas más figuras, mejor. Comercial y publicitariamente se habrá intentado implantar otra fiesta, pero la tradicional queda aún en un exilio interior donde brilla como siempre lo hizo.
En medio de todo este huracán consumista destaca cada año el pueblo de Rute, que no sólo ha conseguido aprovechar estas fechas para dinamizar su economía local sino también para crear un modelo de negocio singular y del que desconozco algo parecido.
En Rute comienza la Navidad muy temprano, antes del Adviento incluso, casi como cuando asoman los turrones en las grande superficies. Antes de la llegada de los primeros fríos abre sus puertas y arranca su temporada alta como lo hizo esta semana con la presencia del consejero Arturo Bernal, del presidente de la Diputación, Salvador Fuentes, y de otras autoridades que no se quisieron perder el momento. A partir de ese instante comienza el gran negocio de los ruteños, pero el suyo es muy diferente al del resto que nos podemos encontrar en cualquier otro comercio o en cualquier otra ciudad. El suyo es especifico y el único que hace caja sin engañar a nadie.
En Rute se vive la Navidad como en pocos sitios y ellos lo saben. Por eso lo que ofrecen no es otra cosa que Navidad. En este pueblo no te van a vender la pularda precocinada y la pierna de cordero asada para multiplicar el coste de la cena de Nochebuena con elementos ajenos a la tradición de la tierra. No, ellos ponen sobre el mostrador aquello que siempre ha formado parte de las mesas en las familias por estas fechas: mantecados, chocolates, turrones, anisados y dulces de todo tipo. No hay más, no busquen sofisticación porque no la van a encontrar. Ni falta que hace.
Además, en Rute no se acomplejan de su Belén de chocolate, que pone nerviosos a los de siempre por su confesionalidad, ni de utilizar la decoración tradicional sin caer en una vanguardia tan fría como impersonal. Allí, en este pueblo, saben lo que hacen y ya tienen sus puertas abiertas para recibir en las próximas semanas a miles y miles de personas que sólo buscan reencontrarse con la Navidad de siempre, con la que huele a anis y a mantecado, sin que haya que pedir disculpas.