Durante estos días, el rey Don Juan Carlos ha vuelto al foco de la actualidad, con motivo de la publicación en Francia de sus memorias, tituladas « Reconciliación». Muy pronto las tendremos también en España. Por este gusto tan mío a las cosas literarias, he reparado especialmente en el título, que me parece muy acertado: un solo término, muy rotundo, con la contundente redondez de las palabras agudas, y además pleno de significado. Un título alejado de esa pedantería descriptiva, auto encomiástica y pretendidamente eufónica, de otros libros de memorias. Y un título, insisto, que sintetiza lo más importante de su reinado: la reconciliación entre los españoles.

Auguro que, al hilo de la lectura de estas memorias, surgirá un enjambre de opiniones desfavorables, por esa inclinación a la maledicencia tan propia de los seres humanos. Y aventuro que quienes más denostarán a Don Juan Carlos por su texto serán aquellos que no han leído un libro en su vida y que, por supuesto, no leerán tampoco estas memorias. O sea: la habitual legión de papagayos repetidores, que no tiene otra opinión que la que oyen de personajes tan estultos y superficiales como ellos mismos.

Yo no creo que sea necesario ( ni por supuesto bueno ) cebarse ahora con un anciano de 87 años, que no tiene causa judicial pendiente alguna, y al que se le ha impuesto de facto la pena de destierro. A Felipe VI podría recordársele que es muy importante ser un buen rey aunque, a mi juicio, es más humano y decente ser un buen hijo. Y a todos nosotros, que sería una humillante vergüenza que Don Juan Carlos, por conveniencias, miedos o tibiezas, muriera fuera de España, alejado de familia y amigos, paisajes y recuerdos.

Es absolutamente improcedente abundar en la vida íntima y familiar de Don Juan Carlos y en los errores en que pudiera haber incurrido en esos ámbitos. Que sea su familia quien, si lo cree necesario, le pida reparación. Por otra parte, a esos moralistas que se escandalizan por determinados comportamientos, les conmino a que revisen su propia vida, su pasado, las veces que hicieron el mal o fueron desleales o infieles…o las veces que no hicieron ese mal, pero porque no pudieron. A lo mejor sienten un súbito enrojecimiento en los mofletes….

Creo que es injusto borrar de la conciencia colectiva la ingente obra de Don Juan Carlos. A quienes nos hemos criado bajo su reinado, a quienes ya teníamos uso de razón aquel lejano 22 de noviembre de 1.975 en que fue proclamado rey, nadie podrá engañarnos…pero, ¿ y a las generaciones posteriores ? Convendría huir de la crítica fácil y ordinaria tipo «sálvame» y sacar a la palestra, con rigor y fundamento, lo mucho y bueno de su gestión al frente de la jefatura del Estado. Mera cuestión de justicia.

La grandeza de los pueblos se mide por muchas variables. En el caso de España es incontestable su labor en América ( desde su descubrimiento hasta su colonización bajo el influjo de los principios cristianos ) o la impronta lingüística que ha dejado en el mundo o los avances científicos con que ha coadyuvado a la modernización o los genios que en todas las artes ha dado: Santa Teresa, García Lorca, Antonio Machado…Cervantes, Delibes, Cela…Velázquez, Goya, Picasso…El arte del mundo no podría entenderse sin España. Pero no debemos ser chovinistas. Todos los países viejos tienen también reseñables méritos y, sus nacionales, están fundadamente orgullosos de ellos. De modo que es absurdo rivalizar en merecimientos.

Más hay algo que, hasta donde yo sé, no puede atribuirse como mérito ninguna nación: el perdón a un soberano. Son incontestables los méritos de Don Juan Carlos como rey. Tuvo sombras : algunilla habrá habido, ¿ qué duda ofrece ? Pero la balanza se inclina a favor de los beneficios que produjo para España. Si el «alma española» es verdaderamente grande el pueblo debería, a través de instituciones, asociaciones civiles, corporaciones… de un modo propicio, discreto pero explícito, agradecer a Don Juan Carlos su brillante reinado, y de modo inequívoco, otorgarle espontáneamente el perdón por aquellos comportamientos no edificantes en que pudo incurrir.

Eso sí nos haría un pueblo verdaderamente grande, digno y humano, justo y agradecido y el título de las memorias de Don Juan Carlos, «Reconciliacion» alcanzaría una dimensión inesperada, pero conmovedora y gratificante para todos: el perdón a Don Juan Carlos por lo que no hizo bien y el agradecimiento a lo mucho que por su reinado le debemos. Esto sí nos retrataría como una gran nación, muy por encima de otras, y distinguiría nuestra categoría y humanidad como país. Y es que, como dijo Santa Teresa de Calcuta : «Perdona, porque perdonando, tendrá paz tu alma y la del que te ofendió».

Pero para esto hay que ser valiente en unos tiempos en que la cobardía, el « bienquedismo» y el revanchismo son señal de identidad. Los que tienen el alma de poeta, entreverada de bondad y de sueños, ya no abundan. ¡ Qué le vamos a hacer !