Cualquiera que se precie de estar medianamente al día en el panorama cultural español sabe que los libros de la Preysler, del Rey Emérito o de Juan del Val van a ser los números «uno» en las ventas de estas próximas navidades – ¡Así nos van las cosas! -. Y sin embargo el verdadero acontecimiento editorial es, sin lugar a dudas, la publicación de las «homilías privadas» del Papa Benedicto XVI con el título El Señor nos lleva de la mano. Homilías privadas (Madrid 2025).

Lo característico de estas homilías es que fueron pronunciadas no ante una gran asamblea, sino «en privado» ante unas pocas personas, tanto durante su pontificado como después de su renuncia al mismo; el período que va desde 2005, año del inicio de su pontificado, al 2017, año del que se tiene su última homilía privada. Sabemos de muy buena tinta que a lo largo de la semana las preparaba leyendo y estudiando atentamente los textos, haciéndolos objeto de reflexión y de oración. Su conocimiento de la Escritura es más que palpable; es más, por lo que se refiere al Nuevo Testamento, se manejaba perfectamente con el texto griego, que conocía perfectamente.

Ya en uno de sus primeros sermones tras su ordenación sacerdotal, en 1954, llega a decir: «Si puedo contar algo de mis recuerdos, diré que ya como estudiante me alegraba muy a menudo con el hecho de que un día podría predicar, anunciar la Palabra de Dios a hombres que, incluso en la desorientación de una vida cotidiana a menudo olvidada de Dios, debían esperar, sin embargo, esta Palabra. Y me alegraba sobre todo cuando un pasaje de la Escritura o una conexión entre nuestra fe y nuestra vida se me aparecían bajo una nueva luz y me llenaban de alegría». De ahí que años más tarde, en 1973, el ya joven profesor escribiese: «La tensión interna de la predicación depende del arco que une: Dogma-Escritura-Iglesia-Hoy. No se puede quitar ninguno de esos pilares, sin que al final todo se derrumbe». El itinerario es bien claro, partir de la Escritura, en su unidad de Antiguo y Nuevo Testamento, recorrer también la tradición de los Padres y el magisterio de la Iglesia para llegar a las cuestiones y dificultades actuales de la fe y de la vida cristiana.

Estos textos, providencialmente conservados, son también expresión de lo propio del debilitamiento humano por el paso de los años pero en una confianza cada vez más completa en el Señor. De ahí que estas homilías terminen siempre con una breve oración, que revela mucho de la autenticidad y la humildad de su vida en Cristo. En opinión de Federico Lombardi, «uno casi tiene la impresión de que, con el tiempo, el análisis exegético de los textos se va abreviando y haciéndose más sencillo, y la atención de va desplazando cada vez más hacia la participación espiritual en el corazón del misterio de Jesús que nos conduce al Padre». Lombardi advierte la providencia que es en sí el hecho de que la ultima homilía, 2 de abril de 2017, sobre el Evangelio de la resurrección de Lázaro, sea precisamente una meditación sobre el diálogo entre Jesús y Marta acerca de la vida eterna, y concluya con una oración «para que el Señor nos lleve de la mano y en su mano sin dejarnos caer».

El paralelismo sobre el que vertebra esta última homilía está solo al alcance de un verdadero sabio. Si por un lado está «el hecho de que tal vez el hombre no quiera tanto la vida para sí mismo como para afirmar al otro» de manera que «cuando dos personas se aman, el amor es una promesa de eternidad, y si la otra muere, nos resulta insoportable» – «lo más importante no soy yo, porque yo quería que el otro no me fuera arrebatado, porque para mí el otro es esencial para estar en vida» -. Por otro lado, desde esta verdad por la que entendemos que «solo el amor puede dar la inmortalidad», todo adquiere un sentido «cuando podemos cogernos de la mano de Dios […] su memoria no sostiene solo una idea, sino que sostiene la realidad de nuestra vida […] estamos como fijados en su memoria y, precisamente así, nos mantenemos unidos a la vida; y esta nueva comienza en el momento en que creo, y durará para siempre, aunque yo muera exteriormente».

Hace ya unos meses leía al escritor César Antonio Molina en una reseña sobre una edición de los muy recomendables sermones del padre Antonio Vieira en la que ni corto ni perezoso espetaba a quemarropa: «Hoy estos sermones atravesarían a más fieles que las vanas palabras que se escuchan en la iglesias. El nuevo papa debería exigir a los seminaristas un mayor conocimiento de la historia de su Iglesia. La reculturalización salvaría a los religiosos de muchos pecados». Puede que estos sermones de Benedicto XVI sean de obligada lectura para el que se prepara o para el que ya ejerce la tarea de predicar el Evangelio. Como él mismo llego a afirmar, citando a Orígenes, en su discurso de ingreso a la Academia francesa: «Cristo no triunfa sobre nadie que no lo quiera. Solo vence por medio de la persuasión: es la Palabra de Dios».