Ayer se cumplieron cincuenta años del fallecimiento de Franco y, como por desgracia es frecuente, quienes están empeñados en tergiversar la historia han pretendido presentar tal recuerdo como el momento en que terminó la dictadura y comenzó la libertad. Y no fue así: el mero hecho de la muerte de Franco no trajo la libertad; la Libertad con mayúsculas la consiguió el pueblo español en un proceso de transformación responsable, sin ira ni rencor. Y esta fue una lección que los españoles del momento dieron al mundo, acostumbrados a que generalmente el final de las dictaduras fuera traumático y beligerante.

Fue tres años después, con la aprobación de la Constitución refrendada por una amplia mayoría, cuando España se constituyó en un régimen democrático con plena vigencia de las libertades ciudadanas. Hace cincuenta años la realidad fue la incertidumbre, la preocupación y, sobre todo, el civismo de un pueblo que era consciente de que se abría un futuro en el que, si no primaba el buen sentido, la responsabilidad y el afán de concordia, se abriría de nuevo una fosa de resentimiento con probabilidad alta de que las ambiciones políticas arrastraran a los ciudadanos a otro enfrentamiento de tan trágicas consecuencias como frecuentemente deparaba la historia española.

Esos tres años fueron de intensa actividad, hasta el extremo de que la ciudadanía contemplaba, entre expectante y preocupada, las continuas noticias sobre posicionamientos políticos, dentro y fuera de España. Pero fueron tres años donde, progresivamente, fue imponiéndose la idea de aceptar una reforma del régimen autocrático, prácticamente terminado con el fallecimiento de Franco, rechazando la idea, defendida por algunos, de provocar abiertamente la ruptura con el mismo. El Rey Juan Carlos dio los primeros pasos y, pese a resistencias más fuertes de lo que algunos piensan, consiguió progresivamente facilitar esa transición pacífica, empezando por trasladar los poderes que el franquismo le había legado a él como Jefe del Estado, para devolver la soberanía al conjunto del pueblo español.

De alguna manera Franco conocía a los españoles más de lo que muchos suponían. Por ello es recordada aquella profecía que, sin inmutarse, trasladó en 1972 al general Vernon Walters, emisario de Nixon, presidente de EEUU, cuando le preguntó sobre el futuro de España tras su fallecimiento: vendrá la libertad, dijo sin inmutarse, a lo que su interlocutor le inquirio sobre si sería gracias al Ejército. No, contesto sin dudarlo: «Dígale al presidente que esté tranquilo: la democracia vendrá a España porque yo dejaré algo que no había: una amplia clase media». Y en efecto, la clase media y el buen sentido de los españoles, bajo el himno de la Transición, conquistaron la libertad.

Volver la vista atrás, para los que vivimos aquellos momentos, produce cierta nostalgia y bastante frustración al observar que se están repitiendo graves errores polarizadores que afectan a la convivencia ciudadana. Y solo porque algunos ambicionan desmesuradamente el poder al que se quiere para expandir credos y doctrinas imponiéndolas como dogmas y demostrando, una vez más, que los más categóricos suelen ser los más totalitarios.

Ciertamente, si no somos capaces de ponerle freno, caminamos a un fraccionamiento por mitades de la ciudadanía española. Un grave error al que nos está conduciendo la política de muros que Sánchez proclamó en su investidura. La legalización de la gente de ETA que propició Zapatero, su incorporación a una pretendida coalición de progreso liderada por Sánchez y el entreguismo de este a los separatismos más insolidarios no facilitan el entendimiento entre los españoles.

El afán polarizador que irresponsablemente inspira esa sectaria memoria histórica merecería, para que nos percatáramos de sus consecuencias, que Zapatero y Sánchez debatieran sobre la trayectoria de dos de sus abuelos: el paterno de Zapatero, que reprimió la revuelta de los mineros asturianos y luego fue fusilado por el bando nacional, y el materno de Sánchez, que desertó del bando republicano y se alistó al otro bando diciendo que quería servir a la verdadera España. ¿Cuándo acertó cada uno y cuándo se equivocó? ¿Quien era el bueno y quien era el malo?. Debieran aclararlo públicamente estos dos irresponsables que quieren seguir jugando a enfrentar a los españoles.

Hace cincuenta años una pléyade de personas de todos los colores ideológicos y distintas procedencias se entregaron, aún a costa de sacrificar sus patrimonios y sus profesiones, a hacer un país habitable donde cupiéramos todos. Hoy, cincuenta años después, los políticos no paran de crear problemas a sus ciudadanos porque lo que prima para ellos es no perder el poder. El deterioro institucional, los escándalos de corrupción, la imposición de consignas y la intención de domesticar a las personas libres, mediante una larga lista de controles y prohibiciones, está haciendo irrespirable la convivencia mientras perdemos aquel buen sentido que nos hizo grandes. Y las clases medias, que son el colchón amortiguador de las tensiones sociales, están escandalizadas por la deriva frentista de la clase política al tiempo que se sienten amenazadas por una presión fiscal agobiante.

Si queremos volver a hacer un país habitable, hay que huir de los dogmatismos, hay que exigir a los políticos que den cuenta del último céntimo que nos cuestan y que expulsen a sus correligionarios corruptos en vez de protegerlos diciendo que son víctimas de «lawfare» y montando «cloacas» con las que quieren presionar y desacreditar a todos los que le estorban en sus actividades delictuosas.

El camino polarizador que provocan los sectarios es el peor servicio que los gobernantes actuales prestan a sus ciudadanos porque es un camino que sólo conduce a regímenes bananeros y totalitarios. Si además esa interesada confrontación convive con una corrupción galopante, en un ambiente insoportable de fango y desvergüenza, tenemos un panorama en el cual, ante la frustración de situaciones amenazantes e injustas, la emoción intensa del hombre honrado nos puede llevar a una ira incontenida. Y entonces, todos nos lamentaríamos.