El rodadero de los lobosJesús Cabrera

El principio de ordinalidad a la cordobesa

«Perdone, pero usted tiene que llegar a las Tendillas por la otra acera», le dice. «Sí, pero es que en esa da todo el sol». «Pues eso es lo que hay», le replica sin posibilidad de negociación

Imagínese que usted mañana mismo se sube a un autobús de Aucorsa, paga su billete como todo el mundo y no le dejan sentarse en ninguno de los múltiples asientos que quedan libres. «Oiga, usted tiene que ir agarrado a la barra», le dice el conductor.

Suponga que un día se le ocurre ir al Museo Julio Romero de Torres para saborear sus cuadros. Se impregna del ambiente en el patio de entrada, disfruta en la planta baja y una vez arriba, en la sala del fondo, se le cruza un ordenanza que no le deja pasar. «Es que tengo interés en ver ‘Rivalidad’, que es la última incorporación», clama usted inutilmente mientras otros visitantes sí pueden acceder a la sala y disfrutar además del ‘Poema de Córdoba’, de ‘La gracia’ y ‘El pecado’.

Hágase a la idea de que en un caluroso día de julio sube usted la calle Nueva y a la altura del Templo Romano hay un Policía Local que le señala y le saca de la acera de la sombra. «Perdone, pero usted tiene que llegar a las Tendillas por la otra acera», le dice. «Sí, pero es que en esa da todo el sol». «Pues eso es lo que hay», le replica sin posibilidad de negociación.

Por último: sitúese en el Ayuntamiento de Gran Capitán. Usted va a presentar una documentación y para ello tiene su cita correspondiente. Pero ve cómo hay quien llega sin cita ni nada parecido y muy amablemente le acompañan, le atienden y solucionan su problema mientras usted ve pasar el tiempo con paciencia de benedictino.

Afortunadamente todo esto es falso de momento. Son situaciones que pueden parecer exageradas pero que corresponden a una traslación a la cordobesa de lo que supone el principio de ordinalidad, ese término que se han inventado para no llamarlo voladura del muy democrático principio de igualdad y la implantación de castas privilegiadas.

Ese principio de ordinalidad que en estos días están maquillando a lo Carmen de Mairena se le puede escapar a algunos por hablar de grandes cifras. Cuando se establecen paralelismos con una casuística más cercana se convierte en algo tan entendible como que no es más que una discriminación como el castillo de Almodóvar.

Si José María Bellido le debiera su permanencia día a día en el cargo a alguien que le extorsiona sin escrúpulos podríamos acabar así, segregados en nuestra propia ciudad frente a nuestros iguales. En ese momento -parece que lo estoy viendo- a los grupos de izquierdas de la oposición se les llenaría la boca de su léxico habitual en estos casos: discriminación, privilegios medievales, desigualdad, aporofobia, xenofobia también y mucho de los vulnerables, sin darse cuenta de que muchas veces dejan fuera a quienes realmente lo son.

Las previsiones avanzan que esta financiación privilegiada a Cataluña no va a salir adelante, sobre todo por la unilateralidad de su decisión, sin contar con quienes realmente tienen que acordarlo. María Jesús Montero se está desgañitando en la venta de la burra, mientras no se da cuenta de que no cuela lo de que no nos podamos sentar en los autobuses de Aucorsa, ni recorrer todo el museo Romero de Torres, ni poder andar por la sombra, ni que todo el mundo guarde cola por igual. Cordobeses de primera y de segunda.