En estos días he podido leer un libro del malogrado filósofo francés Émile Perreau- Saussine (1972-2010) con el título – ahí es nada – Catolicismo y Democracia. Una historia del pensamiento político (Madrid 2025). Ya la cosa prometía desde el principio cuando te encuentras con todo un prólogo a la edición inglesa de Alasdair MacIntyre. El caso es que, en la más enjundiosa lectura, uno no deja de toparse con el señalamiento de toda una serie de paradojas de las que voy a detenerme en tres de ellas.

Primera. El laicismo no es tan liberal como se cree entre otras cosas porque si lo liberales desconfían ante todo del Estado, los laicos ven en el Estado algo así como un poder emancipador. Para el laicista, el Estado libera a las personas de las tiranías de los cuerpos intermedios arcaicos, en particular la familia o la Iglesia Católica. Ya lo dijo Émile Durkheim: «Cuanto más fuerte y más activo se vuelve el Estado, más libre se vuelve el individuo». Frente a estos planteamientos se postula un hecho tan paradójico y pernicioso como que es antiliberal la afirmación de una idea objetiva del bien ya que no puede haber nada por encima de la libertada individual entendida esta como la absoluta posibilidad de elegir la propia idea de la felicidad y la propia moral. La moral solo es asunto del individuo, no del Estado o de la Iglesia. Para ello es menester que no solo el Estado sea laico y que la religión pertenezca únicamente al ámbito privado sino que también la sociedad ha de ser laica.

El dato es aún más paradójico cuando, siguiendo a Rousseau, de lo que se trata es de abolir jerarquías sociales y desigualdades que impulsan a los hombres a compararse sin cesar, y a dar pruebas del amor propio más detestable. Paradójicamente, el mal no entró en el mundo con Adán, un individuo, sino con la vida colectiva. Se exculpa al hombre, se acusa a la sociedad: -«Nos hemos vuelto malos porque hemos sido alienados por la sociedad». Es significativo que en todo este batiburrillo la doctrina social de la Iglesia carecerá del más mínimo calado en la opinión pública no por una simple contestación o un prejuicio anticlerical sino porque los únicos problemas que afectan son los que afectan al sentido de la autonomía individual.

Segunda. Paradójicamente decía Tocqueville que «los pueblos libres siempre han reconocido que podían prescindir menos de las creencias que los otros». La paradoja consiste aquí en que, a menudo, es gracias a la autoridad espiritual como puede evitarse el autoritarismo político. Precisamente la autoridad espiritual tiene esa ventaja, que es moral o espiritual, no material. Una sociedad liberal sigue necesitando virtud. Es necesaria la voluntad de obedecer las leyes. No se puede poner un policía detrás de cada ciudadano, ni un policía detrás de cada policía. Por lo que se revela necesario un sentido de Estado. En este sentido, señala Perreau- Saussine, es también curioso retener que el romanticismo político leninista debe sin duda mucho al cristianismo «mejorado y purificado» de Dostoievski y Tolstoi. Obviamente, difieren en el ateísmo, pero coinciden en su odio al mundo actual así como en su aspiración a la trasparencia social y al amor universal.

Tercera. La desconfesionalización del Estado no siempre ha suscitado una despolitización de la religión, sino una emancipación de la religión con respecto al orden establecido; en esta tesitura los mesianismos políticos pululan a sus anchas aunque sea bajo la sibilina forma del materialismo o el individualismo. A lo que ha de añadirse un dato no menos paradójico. El fundamento mismo de lo que bien puede llamarse orden cívico se ve claramente amenazado por lo que también podría ser llamado «liberalismo teológico»: la reducción de la fe a una opción personal cuyo contenido se vacía a medida que toma la delantera el subjetivismo y el individualismo. Al final va a resultar que está a punto desaparecer una de nuestras fábulas convencionales más queridas: la religión del progreso. Además de que ya no quedan aquellos laicistas que por su «fe» rechazaban el dogma y la jerarquía, pero estaban apegados a la moral cristiana, que no pretendían sustituir por otra moral, porque para ellos no había más que una sola moral.

Alea jacta est