Me gusta pasear por Córdoba, recorrer sus calles en el silencio de la noche y admirar la belleza de cada rincón cargado de historia. Me gusta perderme por las callejuelas y plazuelas recoletas que rezuman arte y, en ellas, repetir los versos que Pablo García Baena le dedicara: «No había más belleza en este mundo. / Por las calles de cal, cuando furtiva / ajena sombra iba enamorada, / incansable de sol a sol, / tejiendo el embeleso de luna a luna, / telones de murallas, celosías / de altas clausuras, / palmas de sombra sobre tapias blancas, / era ya sólo amor el escenario, / la letanía armoniosa de los nombres: / Muro de la Misericordia, Alcázar Viejo, / Plaza de los Aguayos, Piedra Escrita, / Tesoro, Hoguera, Cidros, Mucho Trigo».

Me gusta pasear la ciudad también en los libros, sobre todo releer las páginas de la obra que Teodomiro Ramírez de Arellano escribiera en el siglo XIX y que ayudan a recrear los distintos barrios de una manera tan precisa.

Y me gusta, finalmente, transitar los senderos que la circundan. Es maravilloso contemplar la sierra, un espectáculo natural tan cercano al casco urbano. ¡Cómo han mejorado los caminos! ¡Qué accesibles resultan tras los trabajos desarrollados en el llamado cinturón verde! Disponemos de un entorno natural en el que despejar la mente y abrir el corazón, sentir la vida y asombrarnos ante el milagro de la creación: la luz, el cielo, la vegetación… Esta percepción se hacía mucho más palpable de lo que se puede intuir en esta torpe descripción, en todos aquellos que el pasado sábado, buscando momentos de asueto al aire libre, coincidíamos a lo largo de la subida al Patriarca y las Cuestas del Reventón y de los Pobres. Un día impresionante en el que una niebla espesa cubría de sentimientos la ciudad y el ascenso, paisaje romántico que al final del trayecto se abría en un vergel. Un día despejado, limpio, con un cielo azul intenso que aún marcaba más la silueta de las Ermitas, se abría en la cima. Sentir las nubes bajo los pies como nubes de un algodón esponjoso conducía irremediablemente a la reflexión.

Cada uno con su sentir: espiritualidad, belleza, paz… Y, cómo no, los versos de Fernández Grilo: “Hay en mi alegre sierra / sobre las lomas, / unas casitas blancas / como palomas. / Le dan dulces esencias / los limoneros / los verdes naranjales / y los romeros. / Allí, junto a las nubes, / la alondra trina; / allí tiende sus brazos / la cruz divina. / La vista arrebatada / vuela en su anhelo / del llano a la ermitas, / de ellas al cielo…

Córdoba plena de hermosura. Sublime.