La difícil tarea de digerir una tragedia
«Quizá la fuerza de la fe, como algunos testimonios han manifestado estos días, pueda ayudar a paliar tan duro golpe»
La noche se cerró, gélida como un témpano de hielo. Era domingo y la tarde daba sus últimas boqueadas. Era ese momento en el que la relajación del fin de semana ya va dando paso, en el pensamiento, al inicio de un nuevo septenario. La noticia, que corría como la pólvora, caía como un jarro de agua fría según se iba extendiendo. La confusión, el desconcierto, el desasosiego, la desolación, se apoderaban de varios cientos de personas que, bruscamente, veían interrumpido su viaje. Se hacía posible palpar la fragilidad de la vida que se quiebra en un instante. Una escena dantesca brotó entre la vegetación de la sierra. El caos había arrebatado la calma a unos cuantos que, tras haber pasado el trago de hacer el examen de una oposición, buscaban simplemente labrarse un futuro mejor; a otros que veían transformado en hiel ese regusto que deja haber pasado un fin de semana en compañía de la familia, entre amigos o disfrutando de un regalo de Reyes; a algunos que regresaban a su localidad de trabajo recorriendo un trayecto habitual; en definitiva, un caos que despojaba de golpe la serenidad propia de los trayectos de vuelta.
La soledad de los primeros instantes, cuando el aturdimiento se apropiaba de unos pasajeros que fueron sobresaltados por un golpe inesperado, rápidamente mutó en una fraternidad inusitada. Era la solidaridad que aportaban vecinos de una población sobrecogida, capaz de mostrar su empatía con los afectados y que en ningún momento se sintió asaltada por la duda; ciudadanos que aportaron su granito de arena, un buen terrón diría yo, constituyendo una buena organización que, aún siendo improvisada, resultaba ágil y útil. Sin afán de protagonismos, sino bajo el anonimato, los vecinos corrían espontáneamente al auxilio de los afectados. Se hacía palpable la bondad de un pueblo que abría sus brazos a la acogida del necesitado de calor, auxilio o consuelo.
Una cantidad demasiado alta de personas culminaba su peregrinación en la tierra en un momento en el que, con total seguridad, sentían la tranquilidad de desplazarse en tren, algo difícil de alcanzar en otros medios de transporte; los más, aunque sobrecogidos e impactados, se sentían afortunados por sobrevivir a la desgracia; otros tantos eran atendidos para valorar sus lesiones o trasladados a un hospital… Vidas sesgadas, ilusiones rotas y un tremendo impacto psicológico que será difícil superar. Quizá la fuerza de la fe, como algunos testimonios han manifestado estos días, pueda ayudar a paliar tan duro golpe.
La otra cara de este drama mostraba la podredumbre de aquellos que se han querido lucrar con la tragedia. Representan el abuso y aprovechamiento ante la adversidad. Me refiero a esas cifras asombrosas que tenían que pagar los que no tenían más remedio que llegar a su destino y ya no podían hacerlo en las líneas de alta velocidad. Cuánta miseria acumulada y qué injusticia para los afectados que haya quienes hagan negocio aprovechando el infortunio.
Es justo reconocer la generosidad del pueblo de Adamuz así como el buen hacer de todos los profesionales, desde el comportamiento del personal de abordo ferroviario hasta el trabajo desarrollado por tantas personas implicadas. Mi único deseo es que los fallecidos hayan descansado en la paz del Señor y sus familias encuentren consuelo.