La tragedia ocurrida el domingo pasado en Adamuz nos ha sobrecogido a todos. Las imágenes de dos trenes hechos añicos nos impactaron y ver a la familias de las víctimas nos sobrecogió el alma. Es imposible imaginar lo que debe sentir una persona a la que llaman para comunicarle que su hijo, madre, abuela o nieto se han visto implicados en una colisión ferroviaria. Pero aún lo es más pensar lo que pasa por la cabeza de alguien que espera durante días a que le comuniquen que efectivamente ese cuerpo que es difícil identificar corresponde a su familiar. Esa angustia, esa pena y ese desasosiego son un tormento indescifrable.

El siniestro nos ha vuelto a ofrecer el rostro real de la sociedad española, cordobesa en este caso. La generosidad, entrega y dedicación de los adamuceños en auxilio de los heridos, la sensibilidad de los sanitarios en su atención, el desvelo de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado en su protección han demostrado que España es un país de gran corazón y espíritu elevado. Algo que no está mal recordar metidos como estamos en una espiral de autodestrucción permanente. Hasta las instituciones, con la Junta a la cabeza, han demostrado estar a la altura y han primado la colaboración sincera antes que el ruido. Ojalá esta forma de trabajar fuera el pan nuestro de cada día.

Hasta aquí lo bueno que se puede sacar de la catástrofe. Porque superado lo peor, que son esas decenas de vidas perdidas, toca mirar a otros lares. En primer lugar a las causas del siniestro, que no fueron humanas y han puesto sobre la mesa una sensación de dejación preocupante. Cierto es que un accidente de este tipo puede darse en cualquier momento, pero no lo es menos que la red de Alta Velocidad española acumula años de problemas, retrasos, incidencias y averías.

La decisión de los maquinistas de ponerse en huelga para que se les escuche tras meses de clamar en el desierto expone la incapacidad del Ministerio de Transportes de escuchar a quienes de esto saben. El titular de la cartera, Óscar Puente, resta valor a la protesta y, aunque mantiene a raya por el momento a su yo ladrador, atribuye la protesta a la situación mental de los profesionales. Se ve que ha descubierto América al pensar que los maquinistas lo están pasando mal cuando en una semana han muerto dos por el estado de la infraestructura. Igual deberían estar de fiesta, pensará el vallisoletano, que además dice que la cosa no está tan mal al tiempo pone a los AVE a mitad de ritmo porque los trenes vibran más que un olivo en cosecha.

La red de Alta Velocidad, orgullo nacional durante 34 años, entra en crisis al mismo tiempo que Madrid acoge la celebración de Fitur. La feria dedicada al turismo más importante del mundo, el escaparate en el que debemos vendernos, asiste estupefacta a una sucesión de errores que minan la imagen de España y ensucian sus expositores. Del turismo, mal que les pese a los esnob, vive mucha gente y problemas como los cortes de vías tienen un efecto directo en sus negocios y carteras. Si no se pueden coger trenes porque no son seguros, los que ahora vienen aquí se irán con las maletas a otra parte. Algo de lo que hoteleros, restauradores, guías y otras hierbas pueden dar fe ya esta semana plagada de cancelaciones de reservas.

Complicado panorama, que amenaza con ir a peor cuando los partidos den rienda suelta a sus lacayos para que comiencen a escupirse a la cara y, sobre todo, a olvidarse de los 45 muertos que quedaron en Adamuz. Lo dicho, una tragedia.