Perdemos la percepción del paso tiempo que es una cosa mala. Porque es que la cosa tiene tela. Lo mismo soltamos un «hace más calor que nunca» todos los malditos veranos, cuando los registros oficiales (arrea, que vienen curvas) constatan que todos los años es el mismo calor y el mismo frío -grado más, grado menos- que desde, por ejemplo, 1983. De ese año es mi Vespa PK, vive Dios, y a mí, cuando llega el Lorenzo implacable cordobés de todos los años, se me siguen clavando los mismos muelles ardientes y pegajosos de la cama-mueble donde aún duermo desde la adolescencia. Igual que antes. Ni más ni menos.

Por entonces, por aquellos años mozos, recuerden, por la tele nos amenazaban con el fin del mundo con aquello del agujero de la capa de ozono -¡ostras, Pedrín!- y que nos íbamos al garete, o a una barra americana del último agujero negro interestelar, tal y como el ocurrente rey Charles de Inglaterra predijo, el notas, como todos los de su charpa. No es nada personal, solo es cuestión de negocios: parecen decirnos este y otros pavos, una y otra vez. Pues mírenla ahora, ahí sigue nuestra bendita capa de ozono, hermosa, más grande que nunca, tronchándose de risa en nuestras benditas caras de bobos sistémicos. Que no. Que esta peña no tiene remedio, que nunca nos dejarán tranquilos. Que no hay manera. Lo de la invasión marciana lo dejaremos para otro día.

La memoria es selectiva y algo cabrona. Pepita me engañó con otro -dijo uno- pero ha pasado tanto tiempo que la perdono. Manolo, mi novio de toda la vida, -dijo la otra- se enroló en La Legión Extranjera hace veinte años y después se hizo moro, el muy «jodío», y no volví a saber nada de él. Por poner un par de ejemplos. Tendemos, con el paso de los años, la mayoría, a relativizar los daños, a condonar las deudas y a relativizar los despropósitos. Si no fuera así, andaríamos jodidos.

La semana pasada, como quien dice, fue la emergencia climática global por ese par de centímetros de más que iba a subir el nivel de los mares y los océanos. Hace cuatro días fue que ser heterosexual, blanco, católico y del Atleti era un crimen contra la humanidad. Hace dos, que si escuchar a Los Planetas era de «pagafantas» (ahora que lo pienso, tal vez sea verdad). Y ayer mismo le tocó el turno a Julio Iglesias. Nuestra particular progresía patria -encabezada por el inefable ministro de cultura Urtasun- al parecer, pidió su cabeza en bandeja de plata, sin pruebas; también la retirada de las placas de las calles que llevan su nombre, sus títulos honoríficos, su honorabilidad, sus americanas imposibles con hombreras hechas a medida en Miami, su pensión de viudedad.

Pero, hete aquí que han archivado la denuncia, mientras la reputación de Iglesias se ha ido a hacer puñetas. Al menos, para algunos. Soy muy aficionado a las películas de catástrofes, a las distopías, a las novelas de Phiph K. Dick, a las de sci-fi, a las de zombies de serie B, a las pelis de Pajares y Esteso. Pero nunca creí llegar a ver que algunos de mis congéneres fueran tan papas-fritas, tan bandurrias, mandando al diablo la presunción de inocencia. Y me quedo corto.

Han sido unos días apasionantes. Julio, nuestro «crooner» patrio y truhán de todas las vidas, el amor imposible de nuestras madres, resulta que fue acusado por una supuesta agresión sexual por unas pibas, y por algo que, presuntamente, ocurrió hace varios años. Fue sentenciado, sin apenas mediar palabra ni pruebas, en un aquelarre público, distópico y orwelliano, sin juicio ni perdón. La Fiscalía anti-no-sé-qué presentó cargos contra él. Mis vecinas «charos» del 6ºA colocaron una pancarta en el balcón en solidaridad con las víctimas de Julio Iglesias. Mis tías y mi madre no pararon de llorar durante dos semanas. Se puso en marcha la organización de una «flotilla» compuesta por piraguas, canoas y catamaranes en protesta por la supuesta agresión sexual de este guaperas octogenario, y que se previó surcara el océano Atlántico camino de Miami, con banderas esteladas y otras de tonos arco iris en mástiles recién reciclados.

Mientras estos acontecimientos se sucedían -y a los españoles nos importaba un pito-, escuché una y otra vez la canción «Quijote», de Julio Iglesias. Mano de santo. Y si a algún pijoprogre malasañero – o liberal de manual; lo que viene a ser lo mismo- le molesta las palabras malsonantes usadas en este ¿artículo?, sepan que amén de estar bendecidas por nuestra cada vez más pusilánime Real Academia de la Lengua, les recuerdo aquello que dijo Valle-Inclán al respecto, hace ya una porra de años: «el taco es el sombrero de la oración». Va por ti, Julio, mientras espero en casa al cartero o a la bofia, con carta certificada en mano por delito de odio. Porque sé que, antes o temprano, llegará.