La no convivencia de las dos ciudades
Insistió León XIV en que la paz ya no se busca como un regalo y como un bien deseable en sí mismo, o como una búsqueda de «la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres»
El pasado 9 de enero pronunció el Papa León XIV su primer discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede. Costumbre esta que los Papas realizan como felicitación del Año Nuevo. El citado discurso ha sido definido por el ensayista y poeta Jon Juaristi – Juaristi es converso a la fe judía – como «uno de los textos más luminosos de lo que llevamos de siglo». Claro que, según Juaristi, corre el riesgo del «desprecio y el olvido» como la lección de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona.
Para Juaristi, «lo verdaderamente nuevo» del discurso y «tremendamente antiguo e intemporal a un tiempo» ha sido la invocación al San Agustín de La Ciudad de Dios. Tal y como comenta León XIV en el discurso, el caso es que, impulsado por los acontecimientos del saqueo de Roma en el año 410, san Agustín «no propone un programa político» pero si «ofrece valiosas reflexiones sobre cuestiones relacionadas con la vida política y social»; además de advertir de los graves peligros que «entrañan las falsas representaciones de la historia, el nacionalismo excesivo y la distorsión del ideal del líder político».
Insistió León XIV en que la paz ya no se busca como un regalo y como un bien deseable en sí mismo, o como una búsqueda de «la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres». Cuestión esta que ilustró con verdadera pertinencia a través de la siguiente cita del De Civitate Dei: «No existe quien no ame la alegría, así tampoco quien se niegue a vivir en paz. Incluso aquellos mismos que buscan la guerra no pretenden otra cosa que vencer. Por tanto, lo que ansían es llegar a una paz cubierta de gloria. ¿Qué otra cosa es, en efecto, la victoria más que la sumisión de fuerzas contrarias? Logrado esto, tiene lugar la paz […], y los que buscan perturbar la paz en que viven no tienen odio a la paz; simplemente la desean cambiar a su capricho. No buscan suprimir la paz; lo que quieren es tenerla como a ellos les gusta» (De Civitate Dei XIX, 12. 1). Hecha la cita, enseña con rotundidad León XIV: «Fue precisamente esta actitud la que llevó a la humanidad a la tragedia de la Segunda Guerra Mundial».
Para el Papa es necesario y urgente considerar que se requiere «la humildad de la verdad y la valentía del perdón». La ausencia de ambas virtudes es lo que, en palabras de San Agustín, nos sitúa ante una realidad en la que «en hombres como estos, que pretenden encontrar aquí abajo el sumo bien y conseguir por sí mismos la felicidad, el orgullo ha llegado a un tal grado de aturdimiento» (De Civitate Dei XIX, 4.4).
La queja del Papa es clara: «Es doloroso ver cómo especialmente en Occidente, el espacio para la verdadera libertad de expresión se está reduciendo rápidamente» y, «al mismo tiempo, se está desarrollando un nuevo lenguaje el estilo orwelliano que, en un intento por ser cada vez más inclusivo, acaba excluyendo a quienes no se ajustan a las ideologías que alimentan». Frente a este pseudo-lenguaje enemigo de la verdad y desde el discurso del Papa podríamos y deberíamos preguntarnos: ¿Dónde queda la libertad de conciencia? ¿Dónde queda la libertad religiosa si silencian sistemáticamente tantas y tantas persecuciones a los cristianos? Por no hablar de «la restricción de la capacidad de proclamar las verdades del Evangelio por razones políticas o ideológicas, especialmente cuando defienden la dignidad de los más débiles». Además de «la preocupante tendencia en el sistema internacional a descuidad y subestimar» el papel de la familia.
León pone el dedo en la llaga: «Mientras que San Agustín destaca la coexistencia de la ciudad celestial y la ciudad terrenal hasta el fin de los tiempos, nuestra época parece algo inclinada a negar a la Ciudad de Dios su ‘derecho de ciudadanía’». Lo tiene muy claro: «En ausencia de un fundamento trascendente y objetivo, solo prevalece el amor propio, hasta el punto de la indiferencia hacia Dios, que gobierna la ciudad terrenal (cf. De Civitate Dei XIV, 28)».
Ahora bien, ¿cuál ha de ser nuestra respuesta ante estos designios tiránicos?
Se requiere «la humildad de la verdad y la valentía del perdón».