Cuando se carece de principios no hay motivación, dignidad ni vergüenza, por grave que sea la causa que ha originado un accidente, para que los responsables políticos de la misma se den por aludidos. Es la conducta habitual de Sánchez y sus mandarines, expertos en camuflarse entre el engaño y la simulación para eludir sus responsabilidades. De pregonar su pretendida limpieza ya se encargará la legión de bien pagados que inundan los medios invadidos y subvencionados con dinero público.

«Ha dado la cara desde el primer momento» dijo Pedro Sánchez refiriéndose a la pretendida prontitud conque su ministro Puente se prestó a dar explicaciones y a pretender echar la culpa de la desgracia de los trenes de Adamuz a cualquiera menos a su Gobierno. Si hubiera dado la cara desde el primer día habría atendido las múltiples quejas de los maquinistas sobre el estado de las infraestructuras, habría exigido mayor control sobre el mantenimiento de las vías y habría supervisado con verdadera eficacia los protocolos correspondientes y la realidad del dinero invertido.

Tenemos unos responsables políticos que desprecian a una ciudadanía que dejan tirada en los trenes horas y horas, a oscuras en pleno descampado, sin refrigeración en verano y sin calefacción en invierno, y que, ante las quejas razonadas de los damnificados, el ministro tuitero se cachondea sin recato de ellos dándoles la bienvenida a «las mejoras» ferroviarias. Con sus desvergonzados twist se reía de las múltiples denuncias de los sindicatos ferroviarios y de los técnicos competentes sobre el lamentable estado de las infraestructuras y de los miles de pasajeros que colgaban en las redes infinidad de vídeos que acreditaban el «baile» continuo y los «botes» de los vagones de la alta velocidad. Una falta de respeto de tales dimensiones solo es tolerable en un país que haya perdido el sentido de su propia dignidad.

Porque lo grave no es que Sánchez, tan déspota él, alabe la desvergüenza de su ministro; lo deprimente es que haya individuos que aplaudan tamaña indignidad, en un palmario ejemplo de hasta donde puede llevar la falta de respeto a uno mismo. Y es que para estos políticos, el poder solo le otorga beneficios pero no responsabilidades. Oscar Puente tenía la obligación de dar explicaciones para saber cómo y por qué se produjo la tragedia. Pero acto seguido tenía que asumir su responsabilidad, y no intentar cargar la misma a empresas suministradoras o trabajadores involucrados que, de tener responsabilidad, lo será de índole administrativa, civil o penal. Pero la responsabilidad política es otra cosa.

Hay responsabilidad política cuando la comisión de accidentes realizó 86 recomendaciones para prevenirlos en los años de gobierno de Sánchez, y solo se han cumplido 32. Hay responsabilidad política cuando, en el pasado verano, se suprime la Unidad de Emergencia ferroviaria. Hay responsabilidad política cuando trabajadores de Adif denunciaron que las grapas de las vías eran de mala calidad y que algunas se reutilizaba y se reciclaba el material que absorbe las vibraciones. Hay responsabilidad política cuando los sindicatos denunciaron un coste que difería de lo técnicamente recomendable en la mejora de la línea Madrid-Sevilla, con el desastroso resultado conocido al haberse ejecutado a bajo costo. Hay responsabilidad política cuando se abandonan como inservibles la mitad de los trenes auscultadores del estado de las vías. Hay responsabilidad política cuando se retrasa la homologación de los trenes de inspección. Hay responsabilidad política cuando no se atienden las denuncias de corrupción, enchufes y contratos irregulares.

Ante la actitud responsable y solidaria del pueblo llano, hemos tenido que soportar la desvergüenza de un Gobierno tomándonos el pelo con un cinismo sin límites a la hora de soslayar sus responsabilidades con explicaciones contradictorias, vulgares y ausentes de rigor, como si se dirigieran a un pueblo de incultos y desarrapados, que así pretenden tratarnos. No buscan claridad ni transparencia, solo sobrevivir. Y gastan el dinero para comprar voluntades en vez de para mejorar estructuras y servicios. Porque hoy son los ferrocarriles, pero mañana serán las carreteras o las presas hidráulicas, sobre cuyo mal estado y las posibles consecuencias dramáticas vienen advirtiendo los técnicos competentes.

Por desgracia, España no funciona. Tenemos un Gobierno populista que ignora los modos democráticos y que se regocija de sobrevivir sin el parlamento y sin presupuestos, porque así no hay quien controle su forma arbitraria de conducirse. Las empresas y los servicios públicos están politizados, el nepotismo y el enchufismo inundan el sector público, y hay una falta de profesionalidad y un exceso de servilismo en las administraciones que repercute en una deficiente prestación de los servicios públicos.

Cuando se sustituye la cultura del mérito por el subsidio, el espíritu cívico y la dignidad social desaparecen. En ese caso, se pierde la condición de ciudadanos para convertirse en meros súbditos del autócrata de turno. Y se llega a situaciones tan disparatadas como que un sector social adoctrinado se movilizara contra un Gobierno por haber sacrificado un perro con riesgo de ébola, o contra un alcalde por atribuirle la muerte de un pato, mientras ahora calla y busca excusas ante un trágico accidente ferroviario. Es un sector social que aplaude el cese de cargos ferroviarios por el caos catalán de sus cercanías, pero que no reclama dimisiones por la muerte de 45 andaluces en un descarrilamiento. Ese es el mismo sector social hoy mudo y dispuesto a inundar las calles de movilizaciones en cuanto sus padrinos pierdan el poder. Por eso, la corrupción ahora es lo único que funciona y todo se compra para mantener el poder.

Solo desde la ceguera o el interés partidario puede digerirse la falta de dignidad con la que el sanchismo ha querido despachar el triste episodio de Adamuz. Intentar que un depredador de redes sociales metido a ministro manipule la realidad es remover los cimientos de nuestra propia dignidad. Cuando ese depredador sirve a su amo y todo el coro de cotorras aplaude complaciente, la única conclusión coherente es que estamos en manos de una panda de sinverguenzas integrales, es decir, de personajes con ausencia de honestidad en la integridad de todos sus actos. Es el populismo desnudo que disfruta gobernando sin presupuestos y sin control, trampeando sin decoro, como ha pretendido hacer con la revalorización de las pensiones, tratando a los pensionistas como tontos de solemnidad.

La política, con Pedro Sánchez, se ha convertido en un patio de Monipodio donde se compran investiduras, se mercadea con intereses sectarios y se compran voluntades a costa del interés general de un país que asiste, entre sorprendido e inerme, a la degradación de una democracia, víctima de la ambición desmesurada de un solo hombre, que está destrozando la dignidad nacional hipotecada por sus mayores enemigos. Es el populismo sanchista del que solo puede librarnos una reacción de dignidad del sufrido pueblo español. Populismo o dignidad; debemos saber que es eso lo que nos estamos jugando.