España, en ruinas
«Es el ejemplo de una hipocresía miserable con un riesgo evidente de contagio, que debemos frenar desde la integridad moral y la vergüenza»
Reconozco cierta desidia a la hora de ponerme a escribir que, sin embargo, al cabo de dos minutos usando el teclado, se transforma en una ebullición de ideas difícil de concretar en el espacio de un artículo.
Cuando se escribe con frecuencia es fácil manejar ese ímpetu. Pero cuando pospones la labor, por una u otra causa, cuesta bastante centrarse en un tema específico, siendo aconsejable una primera visión general de aquello que preocupa o puede preocupar al lector, al igual que a quien escribe.
Ayer pasé la tarde viendo la nueva película «Springsteen: Deliver Me From Nowhere», dirigida por Scott Cooper , un relato biográfico que narra un momento crucial de la vida del artista al crear el álbum Nebraska , y que explora su lucha personal con el éxito y la depresión.
Y más allá del mismo, que me resultó algo tedioso como, reconozco, algunas canciones del Boss, recordé un tema cuya traducción inspira el título de este artículo (My city in ruins- mi ciudad en ruinas-), del cual traduzco uno de los pasajes finales:
Oramos por tu amor, Señor
We pray for your love, Lord
Oramos por los perdidos, Señor
We pray for the lost, Lord
Oramos por este mundo, Señor
We pray for this world, Lord
Oramos por la fuerza, Señor
We pray for the strength, Lord
Lo sucedido en este país en las últimas semanas no tiene explicación, más allá del lamentable estado de conservación de la red ferroviaria, las carreteras, y Dios quiera que no veamos alguna desgracia en los pantanos, que ayer escuché que el 60% de los mismos tienen serios problemas de mantenimiento.
El sanchismo ha jugado en bolsa, sí. Pero no ha empleado el dinero en lo más básico de una casa; en limpiar, ordenar, arreglar o reponer todo aquello que nos hizo ser un auténtico referente en redes de comunicación, vía carreteras o vía ferrocarriles.
Cuando un servidor estudiaba en Granada la carrera (años 80), cogía un tren en Aguilar de la Frontera hasta Bobadilla, donde se hacía transbordo hacia la capital nazarí. Recuerdo un día en el que un ferrobús de entonces no pudo subir la cuesta de Antequera, y durante unos cientos de metros tuvimos que bajarnos los más jóvenes e ir andando paralelos a la vía hasta que aquella tartana, sin duda de los años cincuenta, pudo recuperar el aliento para terminar el trayecto con todos a bordo.
Pocos años más tarde la red de alta velocidad cubría gran parte del territorio español. Y ello con una prestancia y un lujo, amén de la puntualidad, que ir en ave se convirtió poco menos que en un viaje en sí mismo, una atracción de la que sentirnos orgullosos entre nosotros y frente a Europa.
Pero hoy, visto lo visto en Adamuz, Galicia o Cataluña, y con el agradecimiento que debemos a una prensa libre y de investigación, subirse en tren es una operación de alto riesgo, una aventura de resultado incierto y como poco de alta tensión emocional, cuando no de miedo.
Mi esposa y yo teníamos billete de tren para el día siguiente a la catástrofe, de modo que estábamos en el bombo de esa macabra lotería que decide la muerte horas antes o después, en función de no se sabe bien qué mano mueve el torno de las bolas.
Pero al margen de una implicación o cercanía mayor o menor en la desgracia, lo cierto es que el pueblo español está sufriendo el dolor de todos aquellos que han perdido a sus seres queridos por culpa de una gestión nefasta y corrupta en nuestra seguridad. Y entendemos a los que piensan, más allá de un análisis jurídico de los hechos, que sin duda se hará, que a su madre o su hermano, a sus hijos o sus sobrinos los han matado.
Pues si no se puede circular con garantías, no se circula hasta que se arreglen las vías, todas las vías. Y si no se pueden dar cientos de millones a Marruecos para sus trenes, no se dan, y se emplean en los nuestros, y si las empresas contratadas para el arreglo de la red son las mismas de esa trama de corrupción auspiciada desde los mandamases del psoe, se depuran las responsabilidades a que haya lugar.
Pero salir diciendo hoy una cosa y mañana la contraria, prohibir a la guardia civil o a las empresas hablar a los medios de comunicación, o tachar de bulos verdades como puños, pretendiendo callar bocas con indemnizaciones o conciencias con homenajes civiles en los que esconderse tras la figura del rey, es mezquino.
Dicho comportamiento no es un hecho aislado. Es un reflejo de la ruina moral en la que este gobierno ha caído desde hace tiempo, el ejemplo de una hipocresía miserable con un riesgo evidente de contagio, que debemos frenar desde la integridad moral y la vergüenza.
Por eso permítanme que hoy, siguiendo al Boss, recuerde la necesidad de orar por los perdidos, orar por este mundo, y sobre todo orar a Dios por su amor y por la fuerza necesaria para seguir en esta trinchera.
PDA: Protégenos bajo tus alas , San Rafael.
(A mi hermano Ignacio y mi amiga Elena, locos seguidores de Springteen).