Cuando era joven, tenía una pandilla apasionada por la política. Sí, aunque parezca raro nuestras conversaciones en los recreos del colegio y en las salidas nocturnas de viernes y sábados muchas veces se dirigían a debates sobre cuestiones políticas que nos preocupaban. A nuestra corta edad abordamos debates que llegaban a ser airados, incluso virulentos. Hasta el punto de que más de una novia se iba aburrida con la efusividad con la que nos rebatíamos los unos a los otros. Fueron tiempos entretenidos, en los que cada uno iba forjando su personalidad y su tendencia ideológica. Los había más de derechas, menos de derechas, más de centro y más de izquierdas. El espectro político estaba representado ampliamente. Además, aunque no estuviésemos de acuerdo, nos respetábamos los unos a los otros.

De aquello han pasado unos cuantos años, demasiados lamentablemente, y hoy estamos en una situación en la que es muy difícil encontrar grupos de amigos en los que se habla de política. Digo esto a colación de lo ocurrido hace apenas una semana con David Uclés y el ciclo sobre la Guerra Civil que Arturo Pérez Reverte iba a llevar a cabo en Sevilla. El escritor jiennense, al que no tengo el gusto de haber leído, se desmarcaba del encuentro dando cómo excusa que al mismo acudían José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros, quienes, a su entender, no están capacitados para debatir sobre la guerra que, efectivamente, perdimos todos. (Cierto es que unos más que otros).

El planteamiento del joven de barba y boina responde a estos tiempos de polarización máxima en los que vivimos y también a un interés por parte del joven escritor de buscarse un hueco en los medios y saltar a la fama. En fin, pecados de juventud de los que a buen seguro se arrepentirá en el futuro.

Más allá de este hecho puntual, al que Pérez Reverte ha respondido con su habitual clarividencia, lo que se pone de manifiesto con el escándalo mediático surgido alrededor, es cómo está derivando el debate político en España hacia posiciones antagónicas. El acuerdo, el consenso, el debate y la reflexión cotizan a la baja. Nos hemos posicionado en un planteamiento en el que lo que piensa el de enfrente, no es que sea diferente, es que está obligado a ser erróneo. Esta tendencia, auspiciada por los políticos de los extremos izquierdo y derecho, cala entre supuestos o presuntos intelectuales aspirantes a ganar espacio en la cosa pública que actúan de voceros al grito de «muera la inteligencia».

Lo grave de todo esto es que a buen seguro usted y yo podremos coincidir en que ya es complicado que en una reunión de amigos o de familia -cuñados aparte-, se hable de política y se debata sobre posiciones enfrentadas. Buscar acuerdos, consensos, darle la razón al contrario y admitir que hay determinadas cuestiones que están ocurriendo y que no casan con nuestra ideología. Es difícil encontrar a nadie que diga que el partido al que votó en las últimas elecciones o al que va a votar está equivocado en algunos aspectos de sus planteamientos. Transitamos hacia una hooliganización de la política en la que está mal visto que uno pueda transitar de un partido a otro. Si eres de izquierda de nacimiento jamás votarás a la derecha, y viceversa.

Es lamentable que hayamos llegado a una situación así. A una semana de celebrar la constitución democrática más larga en vigencia de toda la historia de España le hacemos el juego a dirigentes que se empeñan en enfrentarnos a garrotazos antes de irse juntos a echar unas cañas junto al Congreso. Y lo peor de todo es que nosotros seguimos como corderos degollados las instrucciones de unos pastores que lo que quieren es llevarnos al matadero.