Cultiva tu imaginación
Piensa por un momento que “la Literatura no discute, sino que habla con pasión e insinúa, es multiforme y versátil; persuade en vez de convencer, seduce y hace cautivos..."
Alguien te ha podido decir que eso de la imaginación es cosa de tu infancia y que lo que realmente vale es el cultivo de aquel habito mental por el que se adquiere «el habito inapreciable de apurar las cosas hasta sus primeros principios o de recoger hechos áridos y aburridos como la materia prima para razonar». Por eso, estimado «estudiante hoy, miembro del gran mundo mañana», déjame decirte que en cuanto seas «arrojado sobre Babel» vivirás con la rémora de que no se te ha permitido realmente ceder «al ingenio», «al humor» y «a la imaginación»; es un fraude el que no se hayan forjado en ti «gustos exigentes» o no se te haya dado «regla alguna para distinguir lo precioso de lo vil, la belleza del pecado, la verdad de las sofisterías de la naturaleza, lo que es inocente de lo que es veneno».
Puede que te hayan negado «los maestros del pensamiento humano» que, en cierto sentido, podrían haberte «ilustrado con sus corrupciones ocasionales»; lo mismo hay hasta un plan encubierto para apartarte de «aquellos cuyos pensamientos golpean en lo más hondo del corazón, cuyas palabras son verdades proverbiales, cuyos nombres pertenecen al universo entero, que son el modelo de su lengua materna, y el orgullo y el alarde de sus compatriotas, Homero, Ariosto, Cervantes, Shakespeare». Pero, ¿sabes el por qué? Porque temen a la Literatura.
Piensa por un momento que «la Literatura no discute, sino que habla con pasión e insinúa, es multiforme y versátil; persuade en vez de convencer, seduce y hace cautivos; apela al sentido del honor, o a la imaginación, o al órgano de la curiosidad; se abre camino a través de lo deleitoso, de la sátira, de la ficción, de lo bello, de lo agradable». ¿Qué más se puede pedir? Pues todavía te debo decir que es por el cultivo de la Literatura, «sin enseñar la formación particular de ningún puesto o profesión», como se hace apta a la persona «para realizar con precisión, habilidad y magnanimidad todas las tareas, tanto privadas como públicas, sean de paz o de guerra». Si «el hombre es un ser de genialidades, de pasiones, de intelecto, de conciencia, de poder»; si «ejerce estos distintos dones de maneras distintas, en obras grandes, en pensamientos grandes, en actos heroicos, en crímenes odiosos», «la Literatura lo registra todo y lo mantiene vivo».
Un tal V. Guroian, describiendo a sus alumnos, cuenta que estos son cada vez más incapaces de «reconocer, crear y utilizar metáforas». Están desconcertados al leer novelas que les exigen encontrar «conexiones internas de personajes, acción y narrativa». Por lo que es como si fuesen incapaces de leer «símbolos», porque han sido educados para buscar únicamente «hechos», que requieren poca o ninguna interpretación. Es la antítesis de un cultivo de la imaginación a través de la Literatura que enseña a interpretar, a dar sentido al mundo, a unir puntos al descubrir conexiones entre cosas, eventos y cualidades que de otro modo permanecerían invisibles.
Mi invitación para ti, estimado estudiante, ya la formuló hace muchos siglos un tal San Basilio Magno. Se trata de ejercitar «el ojo del alma», «algo así como en sombras y espejos, a imitación de los que se entrenan en maniobras militares» y «una vez que estemos acostumbrados a ver, como si dijéramos, el sol reflejado en el agua, dirigiremos así nuestra mirada a la luz misma».
Quédate con la invitación del mismísimo Frodo: -«[…] y leerás las páginas del Libro Rojo, y perpetuarás la memoria de una edad ahora desaparecida para que la gente tema siempre el Gran Peligro, y ame aún más entrañablemente el país bienamado. Y eso te mantendrá tan ocupado y tan feliz como es posible serlo, mientras continúe tu parte de la Historia».
Por cierto, los entrecomillados, de los que no te he dicho su autor, pertenecen a San John Henry Newman, Doctor de la Iglesia.