Nada más atravesar aquella puerta del bar con el dibujo de una gamba pintada de blanco en cristalera, de aquel bar de servilletas arrugadas y cabezas chupadas hasta el desmayo de otras cuatro docenas de gambas baratas -qué no lo era- a pie de barra, de suelo de serrín y camarero lustroso con chaquetilla blanca algo menos que impoluta, creí entrar en otra galaxia, en un mundo paralelo. Aquel bar tenía en sus paredes anuncios de bocadillos de calamares a doscientas pelas, platos combinados a ochenta duros; y en él siempre encontrabas una fila de tipos de barrio arraigados -o no- apoyados en la barra de metal sujetando la caña de Mahou, el 103, el vinazo, el carajillo, el cubalibre en vaso de tubo sin hielo y, mucho menos, limón. De aquellos tipos con una elegancia de clase media nada impostada, de pantalones de tergal y zapatos de rejilla, y que ya forman parte de nuestro imaginario colectivo. Eran mediados de los 80 y aún la maldita esperanza no había sucumbido. Un puto respeto hacia todos ellos.

Al fondo de aquel bar, jugando a las tragaperras, al pintball, y a las máquinas Arcade, había un grupo de chavales rockers y skinheads de aspecto bronco, acompañados de chicas góticas guapas como nunca, con el pelo cardado y maquillaje imposible. Como salidas de un videoclip de los Smiths o Pistones, me enamoré de ellas sin saberlo. Yo aún era un niño cuando entré en aquel bar que hacía esquina, en el verano de 1986, porque mi padre me había mandado a comprar tabaco negro marca Habanos a las diez de la noche. Eran otros tiempos. Fascinado por todo lo que vi -estaba entonces en 6º de EGB-, no pude dormir en toda la noche. Al día siguiente había cole.

José Luis Cantero Rada, más conocido como «El Fary», podría haber sido uno de aquellos parroquianos en aquel bar. Además de algo mujeriego y buen cantante, fue consecuente, auténtico, y algo díscolo. Escaso de estatura. Tirando a feo. De melena lacia setentera y anacrónica, pero aún bien llevada hasta el fin de sus días, calzaba tacón cubano y le dio a casi todos los palos. Había que ganarse la vida, como todo quisque. Le dio a la rumba pop, a la copla, y siempre estuvo fuera de onda: demasiado joven para las fans de Luis Aguilé, y demasiado viejo para los de «Modestia Aparte». Siempre lo supo, pero él fue a lo suyo. Campeó el temporal. ¿Y por qué no? Galas bien remuneradas, bolos en teatros de provincias y pasta gansa honestamente ganada. Como buen hijo de vecino, pero sin traicionarse, siempre estuvo en un alambre del que quizá nunca fue consciente porque, definitivamente, siempre se le dio igual. Vendió millones de cassettes en las gasolineras de toda España en los 80 y fue razonablemente feliz. Se lo compro.

En el otro extremo del parchís, al otro lado del jardín, aparece la figura soberbia, definitiva, modernísima, de un tipo llamado David Uclés, último premio Nadal. Ha saltado a la palestra mediática el notas, colmado con una boina posmoderna, una guita a modo de cinturón y haciendo declaraciones de cenutrio como recién salido de un jardín de infancia: dando lecciones de bondad, progresía, bonhomía y ejemplaridad para con el resto de la humanidad. Cómase unos macarrones con chorizo, señor Uclés. Ya antes de que apareciera, se mascaba la tragedia.

Esto de la batalla cultural empieza a ser agotador. En estos tiempos de censuras varias, no está de más reivindicar a ese tipo inclasificable, políticamente incorrecto -qué lujo- llamado José Luis Cantero Rada, más conocido como «El Fary». Porque, al fin y al cabo, el mayor logro es conocerse a uno mismo. Probablemente fue un hombre sereno, divertido y sabio a su manera. Fue fiel a sí mismo, pesara a quien pesara. De ahí su ya mítica declaración sobre el «hombre blandengue», y por la que cuarto y mitad de la población mundial masculina infectada de masculinidad tóxica -y otra gran parte de la femenina aún no empoderada- siempre le guardaremos devoción.

No existe un tonto bueno. Ya sabes. Porque -como si hubiera que explicarlo a estas alturas- no hay nada más peligroso, y aburrido, que un hombre europeo, progresista y comprometido. Porque es un lujo que jamás nos podremos permitir. Entonces qué, a lo que íbamos, ¿nos echamos un Uclés o nos ponemos una de El Fary en el estéreo a todo trapo? Yo lo tengo claro.

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