La soledad de las zonas cardiosaludables
«¿Quién diseña estas cosas? ¿Para qué? ¿Por qué se instalan?»
Durante años, en las redes sociales, se solía decir: «Cuando te sientas solo piensa en el niño del acento». Estas palabras se referían a una formación de personas que, echadas en el suelo, formaban con sus cuerpos la frase «Te amo Jesús». Eran todos adultos, salvo un niño, el que hacía de tilde. Yacía boca arriba el angelito en plena ‘u’, separado del grupo, apuntando con su cabecita a una diagonal que parecía salir del conjunto. La soledad del niño del acento es la nueva soledad del corredor de fondo, ambas seguramente hagan la media de la soledad de los números primos. Pero hay una soledad superlativa, casi insondable, la de las zonas cardiosaludables de Córdoba. Son aquellas áreas de aparatos mecánicos destinadas sobre todo a las personas mayores. Algunas están en parques o jardines, otras aparecen de la nada en mitad de la ciudad, como extraños elementos steampunk que surgieran del subsuelo. Nunca he visto a nadie utilizándolas, salvo a un jubilado que a veces hace deporte elegantemente vestido, es decir, con su camisa, polo, pantalón o zapatos, que es como hay que ir a hacer deporte.
Los aparatos de las áreas cardiosaludables necesitarían, en verdad, un análisis pormenorizado de cada elemento. Mientras en los gimnasios se apuesta por la ergonomía, el aprovechamiento de las leyes de la física y materiales cada vez más sofisticados, todo ello con el propósito de un óptimo trabajo de los músculos, las zonas cardiosaludables parecen inventadas por un supervillano de cómic que, acariciando un gato con parsimonia, ideara cada aparato entre trago y trago de anís de Rute. Muchos de estos mecanismos, a los que alguna vez me he acercado por curiosidad, son sencillamente incomprensibles. Es como si se encargase de ellos alguien que quiere eliminar a los ancianos, el gran odiador de boomers, el ultrasádico megagerontofóbico. Pedales incongruentes, ruedas inconcebibles, manivelas y engranajes arbitrarios, formas aberrantes... estos artilugios no desentonarían en una sala psicodélica de la ya cerrada Galería de la Inquisición de la calle Manríquez.
¿Por qué se insiste en la colocación de unas estructuras que ya eran decadentes desde el principio? Ni siquiera los niños, dotados de una especial intuición, se atreven a acercarse a ellas. Salpicadas allí, allá y acullá, de juntarse todas en fila harían palidecer a la calle del infierno, incluso invocarían con su mera presencia al mismísimo Moloch. Sin embargo, ahí están, decorando, es un decir, multitud de lugares como si fueran restos de los equipos de una fábrica que se demolió o de una factoría que nunca se llegó a construir, hierrajos sin sentido siempre vacíos, con un puntito raro y amenazante, como si al montarte en una, por arte de birlibirloque, pudieras transportarte a otra era. Uno imagina apareciendo a Rod Taylor. de pronto, en uno de ellos, con una bella eloi que huye de los morlocks agarrada a una palanca.
¿Quién diseña estas cosas? ¿Para qué? ¿Por qué se instalan? Si antaño se decía que para explicar algo había que seguir el rastro del dinero, ¿a dónde nos llevaría hacer lo propio con estos artilugios? ¿Por qué quieren destrozar a nuestros mayores? Quizá dentro de mucho, arqueólogos del futuro encuentren enterrado un parque cardiosaludable. Desconcertados se preguntaran por su utilidad. Y estos armatostes se sumarán a esos grandes misterios, como el manuscrito Voynich, los dodecaedros romanos o el mecanismo de Anticitera.
Hasta entonces ahí están: solitarios y vacíos, acechando a algún incauto octogenario, como parte indispensable y extravagante de la urbe, acaso conectados al arte contemporáneo a modo de instalaciones que no desentonarían en ARCO. Una ruta por las zonas cardiosaludables quizá reflejase mejor que nada el espíritu de la moderna Córdoba.