Felipe González, ese «abuelete» trasnochado como lo tildan los jóvenes sanchistas, ha declarado sin rodeos que no votará a Sánchez y que no se irá del PSOE: que se vaya quien lo destroza, concluyó sin miramientos. Y es que Sánchez, con la complicidad de su legión de conseguidores que no tienen futuro fuera de la política, ha arramplado con la identidad de un partido socialdemócrata a base de comprar la poltrona con cesiones a la extrema izquierda radical y a las ambiciones de los separatistas.

Las sucesivas elecciones están poniendo de manifiesto que la ciudadanía no se cree esa pretendida política progresista del sanchismo. Y hay motivos sobrados de esa falsedad que el hombre de la calle va experimentando en el día a día. Si con los mayores ingresos fiscales de la historia, más alrededor de 100.000 millones de euros de fondos europeos, ocupamos los primeros puestos en pobreza infantil, escalamos hasta el puesto 49 en percepción de la corrupción y la precariedad laboral alcanza al 48 % de los contratos laborales, es una tomadura de pelo presumir de tener un Gobierno progresista.

Los ciudadanos que sostienen el país con sus impuestos se hacen múltiples preguntas: ¿Por qué los trenes no llegan a su hora? ¿Por que las carreteras, los ferrocarriles, las presas hidráulicas y los bosques son una amenaza para la integridad física por su deficiente mantenimiento? ¿Cómo es posible que con tantos ingresos, no solo no se amplíe la red eléctrica para satisfacer las demandas de inversión que generan riqueza y puestos de trabajo, sino que, además, se sufra un apagón propio de países tercermundistas? ¿Por qué, después de ocho años de gobierno, la vivienda es un problema irresoluble para el común de los ciudadanos? ¿Cómo se puede llamar activo a un trabajador que cobra el paro?.

Gobernar no es echar las culpas de las deficiencias de gestión a los demás porque eso ya no cuela cuando se lleva tanto tiempo disfrutando del poder. Gobernar no es ceder competencias insolidarias que desguazan al Estado, ni excarcelar delincuentes terroristas sin respeto a sus víctimas, ni dilapidar el dinero público para comprar voluntades, ni abrir las fronteras sin decoro con intenciones perversas, ni legislar desde la ignorancia supina sobre los fundamentos jurídicos de las democracias, ni colocar amiguetes en todas las instituciones y empresas públicas sin un mínimo bagaje profesional, ni ignorar la división y el equilibrio entre los tres poderes del Estado, intentando invadirlos todos.

Gobernar es conocer los verdaderos problemas del ciudadano que sostiene las arcas públicas: de los que tienen que madrugar para ir a trabajar, de los que quieren llegar a su hora al puesto de trabajo, de los que abren un negocio para sostener a su familia, de los que necesitan una vivienda asequible para construir un proyecto de vida, de los que ahorran para acometer una vejez incierta, de los que quieren trabajar y no encuentran donde. Por contra, tenemos un Gobierno que se ocupa de los que ocupan la propiedad ajena, de los que hacen del paro un negocio, de los que ignoran, porque les conviene, que los derechos llevan implícitas obligaciones, de los que reclaman mucho al Estado pero no se sienten parte de él, de los que infringen la ley y obtienen premio por ello. En fin, tenemos un Gobierno que mercadea el voto sin importarle el precio, porque este lo pagamos los demás. La ausencia de presupuestos facilita, por otra parte, el uso arbitrario del dinero público y su falta de control.

Todo ello explica el cansancio, el hartazgo, de una ciudadanía sometida a los caprichos de un solo hombre, cuyo empeño máximo es engordar a la derecha más radical con mensajes apocalípticos y con la finalidad de perjudicar al PP. Pero ese miedo ya no engaña a nadie: hay quien le tiene tantas ganas a Sánchez que opta por apoyar a quien él señala como un peligro. Y es que lleva razón el mismo Felipe González cuando dice que ni de broma pactaría con Vox pero menos aún, a mucha más distancia, se entendería con Bildu como ha hecho Sánchez.

Gobernar para todos no es imponer ideología sino gestionar lo público con eficacia. Por eso la mayoría está a tanta distancia de la deriva sanchista. Porque, después de lo que ha ocurrido, que el presidente presuma en sede parlamentaria de lo bien que gestiona las infraestructuras y de que todo está fenomenal, la gente se indigna harta de que le tomen el pelo. Por eso Sánchez no pisa la calle, porque está a mucha distancia de sus inquietudes.