Muchas veces nos hemos preguntado por qué la felicidad está en esas zapatillas de paño que nos hacen realmente sentirnos en casa o esa rebeca de lana que es imbatible a la hora de pasar una tarde entera en el sofá. También surge la duda cuando reconocemos la elegancia de alguien a quien no se le ven en la ropa los logotipos de las marcas de moda y esas prendas además no están en escaparate alguno, ni tampoco en Instagram ni en Tick Tock.

Son elementos atemporales que nunca pasan de moda porque nunca lo han estado, con un diseño sin fecha de caducidad y, sobre todo, con una altísima calidad en sus materiales, sin obsolescencia programada y con los que nos acostumbramos a convivir un largo periodo sin cansancio ni hastío.

El lujo silencioso es un concepto nuevo sobre algo que ha existido siempre. Ahora ha llegado el reconocimiento a lo que ha sido bueno toda la vida de Dios. La discreción siempre ha sido un valor y ahora se ha comenzado a valorar más que a ir vestido como un piloto de F1, lleno de marcas comerciales.

En estos tiempos son las firmas de moda las que se quieren aprovechar del lujo silencioso y llevarlo a su parcela, porque ése es el terreno donde se mueve el dinero, muchos dinero, cuando puede ser también aplicable a una prenda heredada o a un producto artesanal realizado con técnicas más que centenarias. Es precisamente ahí, en los pueblos, donde aún se pueden encontrar estos objetos elegantes, únicos por su elaboración a mano, que duran toda la vida y que en numerosas ocasiones hasta son baratos.

Por no aburrir con la geografía regional o nacional, en Córdoba tenemos un excelente catálogo de productos que se podrían encuadrar dentro de este lujo silencioso, siempre que se elija bien. En la capital podemos hablar de la orfebrería o el trabajo con cuero, mientras que en la provincia, debido a su extensión, la oferta se amplía desde la cerámica de La Rambla a las navajas jarotas, pasando por la guarnicionería, el bordado, la hojalatería y muchos más sin entrar en el interminable mundo de los productos agroalimentarios de la provincia, todos ellos de calidad incuestionable.

Dentro de este catálogo hay un producto que desde antiguo ha contado con el máximo reconocimiento, como son las mecedoras de Castro del Río, elaboradas artesanalmente en madera de olivo y totalmente inconfundibles. Cuando se ve una de ellas aporta mucha información sobre los inquilinos de esa casa. Es gente que sabe lo que quiere, que disfruta de la vida y que, además, les da uso. No es lo mismo llegar a un domicilio e intentar sentarse en una clásica mecedora Thonet, porque enseguida te advertirán de que la rejilla está pasada o que tiene flojo uno de los brazos; en cambio, una mecedora de Castro del Río es garantía de que no te vas a caer. Su robustez es toda una seña de identidad.

Se cuenta que la duquesa de Alba compró más de una porque sabía lo que hacía. Lo mismo se pueden ver en los hogares populares que en los aristocráticos. Esto es el lujo silenciso. Ahora, además, también van a formar parte de los episcopales, ya que con motivo de su reciente Visita Pastoral de Castro del Río al obispo de Córdoba, Jesús Fernández, le han regalado una mecedora de madera de olivo, símbolo y orgullo de esta localidad.

En cuanto se haya mecido en ella un par de veces habrá comprobado que se trata del Rolls-Royce de las mecedoras y que pesará mucho, es verdad, pero no hay nada que le gane en comodidad. Como monseñor Fernández se acostumbre a ella, cualquier día la usa como cátedra. Ya verán.