El pasado lunes 2 de febrero, los mercados nos dejaron una lectura realmente interesante que está confundiendo a medio mundo, ya que ocurrió algo que, en la coyuntura económica actual, carece de sentido. ¿Y qué fue lo que sucedió? Que, de forma simultánea, se desplomaron los precios de activos como el oro, la plata, el petróleo o criptomonedas como Bitcoin. Muchos se preguntarán si realmente se debía a una burbuja en alguno de ellos o a una simple corrección del mercado, pero no: ese no es el punto.

Lo ocurrido es mucho más profundo y trascendente de lo que, a simple vista, pudiera parecer un «lunes negro» más dentro de la historia de los mercados financieros. Resulta que lo acontecido es una fractura de los cimientos del sistema actual en forma de seísmo financiero rutinario. Señores, de nuevo suenan los acordes de un réquiem económico y financiero que están dando lugar a un nuevo orden económico mundial. Por lo tanto, podemos afirmar que la «destrucción creativa» ya ha comenzado.

Todos sabemos que el capitalismo no es estable, sino dinámico, y que todos los caminos del dinamismo económico nos llevan a la destrucción creativa, que, por cierto, también ocurrió en Roma. No hay riqueza sin riesgo ni progreso sin destrucción creativa. El éxito siempre consiste en aprender de fracasos previos. Lo que nos destruye como sociedades y nos estanca como economías es penalizar el éxito y demonizar el fracaso.

La frase que abre este artículo es: «El éxito de la política energética de Estados Unidos ha sido no tener política energética». Esa frase la dijo el exvicepresidente norteamericano Dick Cheney, refiriéndose a que la clave del sector energético estadounidense fue no impedir que la destrucción creativa hiciera su trabajo. Pero ¿qué es la destrucción creativa y cómo actúa en la economía?

En un sistema capitalista, nuevas ideas, tecnologías y modelos de negocio aparecen de manera continua. Estas innovaciones provocan que empresas, productos y sectores antiguos queden obsoletos. Cuando esto ocurre, muchas empresas no pueden adaptarse y quiebran o desaparecen. Esa es la parte destructiva. Pero, al mismo tiempo, esa desaparición libera recursos (capital, trabajadores, conocimiento) que pasan a manos de nuevas empresas más eficientes, más innovadoras y mejor adaptadas a las necesidades de los ciudadanos. Esa es la parte creativa.

Y así sucedió: Estados Unidos comprendió este concepto y pasó de ser un país energéticamente dependiente a convertirse en el mayor productor de petróleo del mundo, además de líder en energías nucleares y renovables. Dejó de subvencionar y rescatar empresas ineficientes para permitir su quiebra y dar lugar a compañías más eficientes y productivas, que han aprovechado ese momento de destrucción para crear con éxito un sector energético fuerte y competitivo.

¿Y qué tiene que ver todo esto con el lunes 2 de febrero? Todo. El sistema se está cuestionando a sí mismo, y ese es el mensaje que nos enviaron los desplomes simultáneos de activos como el oro y el petróleo. La IA y toda esta ola de mejoras tecnológicas vienen a mejorar la productividad, no a sustituir el trabajo humano, algo que señalaba Karl Marx en su obra El capital: «La tecnología y la maquinaria no se introducen para aliviar el trabajo humano, sino para aumentar la productividad».

El sistema productivo cambia a pasos agigantados delante de nuestras narices y, por eso, la pregunta que cabe hacerse es: ¿queremos ser parte de la destrucción o de la creación?