Estaba de buena mañana, ya sabes, el otro día, nada más levantarme, cuando pronto empecé a llorar. Y no supe por qué diablos. Y es que no paré de llorar durante todo el día. A lo lejos, oí llorar a alguien a la altura de la tostadora, en la cocina, porque no había tomate para el pan. Era yo. Al poner el lavaplatos, lo juro, aquella mañana, pegué la oreja al patinillo del bloque cuando las vecinas del bajo ya me llamaban homófobo por no-sé-qué de la comunidad. Un maldito «lloreras» era yo por la mañana, de veras.

Al rato, a eso de las diez, la cosa empezó a tufar tela, porque aún no había terminado las tostadas con los restos de una cena de la semana pasada ni el café soluble marca-blanca-mercadona, y no había parado de llorar. Pero la cosa no hizo sino empeorar después. Por la radio sonaba la voz de Carlos Herrera: sí, otra vez. Eran las once de la mañana, escasas, cuando empecé a recordar los amores perdidos y, fijo, lloré como un descosido. Entonces, resuelto, fue cuando decidí poner fin a todo aquel despropósito: me puse la tele. Craso error: mis lágrimas aún llenarían dos veces el pantano de La Breña, tales hectolitros de más que bastarían para quitar la sed a la última generación sobre este lugar llamado Mundo. Que no. Que aquello no podía ser porque, no eran ni las doce, y seguía llorando como una Magdalena. Y a esto, ya en serio, había que ponerle remedio. Así que me puse a escribir.

Tras media docena de cafés, algo de embutido de «La Carloteña», dos sol-y-sombras, y cuatro fracasos, llegó el mediodía. Pero nada, tío, que seguía llorando. Intenté arreglarlo viendo, yo qué sé, a ver si se me subía el ánimo, una peli de de Paul Thomas Anderson, pero todo fue a peor: presentí que se mascaba la tragedia.

Como la cosa no mejoraba, llamé, llorando, a Tío Mike. Quedamos donde siempre, en el barrio, a tomar el vermú a eso de la una. Pero, oye, que no había manera: seguía llorando como un descosido. Seguí de cañas después con Félix y Juan Pablo, y ellos, linces, no dejaban de pasarme la mano sobre la chepa: ¿estás echando barriga últimamente, no? Dijeron. Y volví a llorar como un insensato, si cabe.

Ya a la tarde, el torrente de lágrimas se hizo embalse de confederación hidrográfica fallida, cuando, un alma en pena de mustio corazón, me habló de los parabienes del Régimen del 78. La llorera llegó hasta el Duero. La cosa es que aquello no tenía remedio: porque seguía llorando, desconsoladamente. Fue ver por la tele, mientras zapeaba, a Sarah Santaolalla, y creí volverme tarumba de tanto llorar. La cosa se puso dramática cuando escuché una declaración del coportavoz de Podemos, sí, ese, el de melena lacia, verborrea de parvulitos, y cierto parecido con nuestro añorado «Carlos Jesús»: mítico vidente noventero nacido en el planeta Raticulín. Lloré tanto que casi, ustedes disculpen, me hice pipí.

Anochecía sobre la ciudad, cuando fui a recoger en vespa a un colega a la estación de trenes de Córdoba-Julio Anguita, proveniente de la estación Almudena Grandes de Madrid. He de reconocer, en justo reconocimiento, que ahí empezamos a llorar los dos, abrazados, juntos como almas en pena.

Ya sé que lloro por cosas que no son de llorar. Que sí, que lo sé. Pero qué le hago. No sé: escuchar una canción de El Canto de el Loco, madre mía, me sume en la más profunda de las tristezas. Es acordarme de mis «ex» progresistas, de mis acreedores, de mi barman, del próximo candidato de Vox, de Sarah Santaolalla, de Feijoo, de Bad Bunny, de Nacho Abad, de Juanma Moreno Bonilla, de mis sueños incumplidos, de tus problemas que no son tal. Es eso, te lo juro, y es empezar a llorar como una puta regadera. Porque lloro sin descanso, como un «ultraderechista» que soy, hasta empapar el pañuelo bordado o el «kleenex pocket», cuando me cruzo con un andalucista, escucho una declaración de Luis García Montero o leo acerca de la nueva moda de los «therian». Parad ya, troncos, que lloro.

La cosa de la llorera pareció mejorar cuando, al filo de las diez de la noche, en un momento dado, escuché una canción de «Los Nikis de la Pradera» titulada «Lloricas», con la que me vi arropado. Pero todo fue un sueño, un mal sueño. Porque, en esto, subió mi vecina pija-progre del tercero y llamó al timbre de mi casa para invitarme a ir al cine alguno de estos días. Y fue, entonces, al cerrar la puerta, cuando volví a llorar hasta el infinito. Yo, que en el fondo, soy buena persona.