Quince años no es nada en la vida de una ciudad. Se pasan en un suspiro y suponen casi una continuidad cronológica ordenada por la historia. Cuando se mira atrás se atisban hechos lejanos que aún están frescos en la memoria, recientes, como recién ocurridos.

Parece que fue ayer y han pasado más de 15 años de las obras de la calle Alfonso XIII. Aquella reforma supuso mejorar el aspecto de una calle que no pertenece a una zona concreta, sino que es una arteria que conecta la zona oriental con la occidental de la ciudad. Quienes la usan a menudo saben que por ella transitan cordobeses de todos los barrios sin distinción por su comodidad -pese a la pendiente- para cruzar de una zona a otra casi en línea recta.

El aspecto del centro de Córdoba hace tres décadas era el mismo que el de hace seis pero más deteriorado. Las primeras corporaciones democráticas tenían asquito para intervenir en esta zona de la ciudad por aquello de la lucha de clases en la que aún creían. Sólo se limitaron a la peatonalización de la calle Gondomar y del entorno de San Miguel, donde pusieron un pavimento muy ideológico que lleva gastado en reparaciones y parcheos más que si se hubiese puesto bueno desde el principio.

Fue a finales de los 90 cuando se decidió actuar en el centro de la ciudad. Un gobierno municipal del PP decidió abrir ese melón con la reforma de las Tendillas. En los mandatos sucesivos, una vez perdido ese asquito, se fueron encadenando otras mejoras en calles cercanas como Alfaros, San Pablo, Alfonso XIII o Capitulares. Ya no había temor al rechazo político porque la necesidad de actuar era apremiante y el único miedo era a la gestión del tráfico -antes de que pasara a llamarse movilidad- porque el corte de cualquiera de estas calles tiene consecuencias tan graves como directas tanto en el día a día de sus vecinos como en comercios, hostelería o colegios.

Aún queda por mejorar Claudio Marcelo y la calle de Feria, y hay que volver a intervenir de nuevo en Alfonso XIII. Su deterioro no ha sido ni repentino ni sobrevenido, sino que se ha visto crecer paso a paso con las grandes baldosas que se mueven y son un riesgo para los peatones o la calzada a la que apenas le queda un metro cuadrado en la que no haya salido un bache de excelente calidad.

Parece que fue ayer, pero han pasado 15 años desde que en la primera reforma, cuando excavaban a la altura de la plaza de Capuchinas dieron con los restos de lo que se identificó como una cloaca de época romana. Nada nuevo en una ciudad con un pasado tan rico como Córdoba. Lo novedoso del caso es que dicha cloaca estaba a pleno funcionamiento; es decir, pasaba agua por la misma. En aquel momento se dijo que para comprobarlo se echó un cubo de agua teñida y se comprobó que llegaba a un registro situado en la parte baja de la calle. Roma seguía viva en la Córdoba del siglo XXI.

Aquella intromisión en la intimidad de la cloaca pudo no sentarle bien y ahora ha decidido vengarse. Su sola presencia es uno de los argumentos que esgrime Emacsa para justificar que se va a levantar la calle aprovechando que la Delegación de Infraestructuras ha decidido poner fin al jubileo de baches que hay desde el Ayuntamiento hasta la esquina del Don Pepe.

Desde que el viernes leí la noticia tengo cada vez más claro que ha sido la cloaca, la misma que ha cumplido su deber con eficacia y pulcritud durante casi dos milenios, la que se ha hartado y ha optado por poner fin a su vida laboral después de que pusieran en duda su calidad profesional.