La verónicaAdolfo Ariza

Adiestrar la memoria

Si el Padre engendra al Hijo como autoconocimiento perfecto y el Espíritu Santo es el amor mutuo del Padre y del Hijo, nada de esto sería posible sin el Padre que es la memoria

no hace mucho leía en un tal Stratford Caldecott que «el adiestramiento de la memoria es esencial si queremos descubrir y ensanchar nuestra identidad humana a imagen de Dios». El caso es que, igual que uno suele procurar no mezclar «el tocino con la velocidad», cabría cuestionarse qué tiene que ver, por ejemplo, una memoria enciclopédica con el misterio de Dios mismo.

De la relación entre ambas cosas ya habló con hondura el mismísimo San Agustín de Hipona que llegó a ver una más que nítida semejanza entre el acto de recordar y la persona del Padre. El planteamiento sería de la siguiente manera: Si el Padre engendra al Hijo como autoconocimiento perfecto y el Espíritu Santo es el amor mutuo del Padre y del Hijo, nada de esto sería posible sin el Padre que es la memoria - Sin el Padre, el acto divino de autoconocimiento no tendría nada sobre lo que reflexionar y amar -. Añado ejemplo para aclarar el galimatías: Si no logramos recordar todo lo que somos, nos conoceremos a nosotros mismos de un modo imperfecto y amaremos de un modo fragmentario.

Pero lo dicho hasta el momento parece muy distante del consabido ensanchamiento de la identidad humana a imagen de Dios por la vía de la memoria y, sin embargo, también san Agustín nos da la solución. Para ello hay que irse a su libro sobre la Santísima Trinidad – De Trinitate, en concreto Liber XIV -. Para el de Hipona, la perfección de la imagen de Dios en nosotros se da, no cuando nos recordamos, nos conocemos y nos amamos a nosotros mismos, sino cuando recordamos, conocemos y amamos a Dios. El texto habla por sí mismo: «Esta trinidad de la mente no es imagen de Dios por el hecho de recordarse y conocerse y amarse la mente misma, sino porque es también capaz de recordar, conocer y amar a su Hacedor. Si esto hace, habita en ella la sabiduría, de lo contrario, aunque se recuerde, se comprenda y se ame a sí misma es una necia. Acuérdese, pues, de su Dios, a cuya imagen ha sido creada; conózcale y ámele. Y para decirlo más brevemente: adore al Dios increado, que la hizo capaz de sí, y a quien puede poseer por participación. De esta suerte será sabia, más no por su propias luces, sino por su participación en la luz suprema, donde reinará eternamente feliz».

Dicho lo cual es oportuno recordar – nunca mejor dicho lo de recordar – un hecho tan determinante como que es la memoria la que conduce al verdadero «primado de la gracia»; aquel primado por el que se reconocen los dones de Dios recibidos y se ensancha también el alma en las más verdadera gratitud. Todo lo que no fuese esto estaría más próximo a la caricatura del cristianismo como mero compromiso moral que a la verdadera esencia de lo que es nuestra fe. Así también la centralidad de la Liturgia, verdadero lugar de ensanchamiento de la memoria. Es en ella donde aprendemos a aceptar el pasado y la existencia misma como un don que pide una respuesta de gratitud.

Creo que en este orden de las cosas es más que urgente «luchar contra el efecto corrosivo que tiene la tecnología» sobre las tradiciones y la memoria. Con el citado Caldecott considero que es no solo cuestión de aspirar a una potenciación de la historia en el mundo de la educación sino también de una introducción a los logros de la cultura cristiana. El gran historiador inglés Christopher Dawson veía la necesidad de implantar «un estudio del proceso cultural mismo, desde sus raíces espirituales y teológicas, pasando por su crecimiento histórico orgánico, hasta llegar a sus frutos culturales», porque es «esta relación orgánica entre la teología, la historia y la cultura la que nos proporciona el principio integrador de la educación superior católica, él único capaz de ocupar el lugar del viejo humanismo clásico que están en vías de desaparición o ya ha desaparecido».