La micropolítica del casco histórico
«Su singularidad está en los matices, en la ausencia de agresiones gratuitas, en sutilezas que en conjunto hacen un todo tan armónico como consecuente»
El casco histórico es la joya de Córdoba. Unos dicen que está vivo; otros, que moribundo. Lo cierto es que atrae la atención de todos y, como ocurre con el fútbol o la política, cada uno lleva dentro la solución mágica a todo.
Sobre el casco histórico -o centro histórico, como lo reconoció la Unesco y el Ayuntamiento lo tiene en el nombre de una de sus delegaciones- cabe tanto la macropolítica como la micropolítica. En la primera está la farragosa normativa urbanística de planeamientos, aprovechamientos, calificaciones y clasificaciones y en la segunda está lo que nos interesa.
Esa micropolítica del casco histórico es la que más directamente nos afecta, es la que puede hacer el Ayuntamiento pero también usted y yo mismo. Es la apreciación del detalle, del matiz, que debe surgir del conocimiento y, por supuesto, del buen gusto.
En este terreno podemos encontrar innumerables ejemplos de pequeñas e incluso bienintencionadas acciones que han terminado por destrozar la perspectiva de una calle, el equilibrio de una plaza o el entorno de un monumento. Un cableado, un zócalo, el color de una puerta o un toldo pueden ser los culpables.
Algunas cuestiones están reguladas, aunque su cumplimiento, si eso, lo dejamos para otro día. Es el caso, por ejemplo, de los rótulos comerciales o de los veladores, que estarán autorizados, por supuesto, pero nunca debieron permitirse en ese lugar, sea por el impacto visual de la parafernalia que conllevan, por las molestias a los vecinos o por el insalvable obstáculo que suponen para eso tan moderno como inconcreto que es el concepto de movilidad.
Dejamos para otro día la roña que reviste a nuestros monumentos. Todos hemos sido testigos de varios anuncios pero ahí siguen sin que nadie les preste un poco de cariño, pese a que el año pasado fue el centenario de Mateo Inurria y en unos días lo sea el de la inauguración del dedicado a Osio en la plaza de Capuchinas, al que, por cierto, le falta la parte inferior del báculo desde hace cinco décadas y nadie se ha molestado en reponerlo. Son sólo detalles.
La singularidad de nuestro casco histórico está en los matices, en la ausencia de agresiones gratuitas, en sutilezas que en conjunto hacen un todo tan armónico como consecuente. Cuando se estrenó en Córdoba el denominado asfalto impreso en el bulevar del Gran Capitán se aplaudió la iniciativa y luego se copió en las calles Puerta del Rincón y Alfaros con una capa de pintura ya desvaída para amortiguar la negra agresividad del alquitrán. El temor surge al escuchar al concejal Ruiz Madruga decir que este asfalto impreso se va a llevar a otras calles del casco histórico. Si en esta zona de la ciudad se estropean los adoquines se reparan y si no se pueden reparar se tira la toalla o se destinan los recursos que sean necesarios hasta hacer lo que la ciudad merece.
Hay calles adoquinadas desde hace 70 o más año en las que no se ha movido una piedra; otras, más recientes, suponen un claro riesgo para conductores y peatones. ¿Se ha perdido profesionalidad en este tiempo?
Otro detalle sutil que surgió el pasado año gracias a la denuncia del Consejo de Distrito Centro y del Consejo del Movimiento Ciudadano fue el de la aparición de flores de plástico en las fachada de establecimientos comerciales de la Judería. Aparte de que es una catetada sin paliativos no se puede pedir al turismo que venga con el reclamo de las flores naturales y, una vez aquí, comprobar que les hemos engañado. El gato y la liebre. El jamón de Los Pedroches y el chopped.
Aún estamos a tiempo de que ninguna revista internacional se haga eco de este timo. Después de que el Ayuntamiento haya renunciado muy rápido a esta batalla -«Hay un espacio de libertad y no todo puede estar hiperregulado», ha dicho el alcalde- sólo queda esperar el milagro para que esta situación se revierta y el día de mañana no haya que recordar que el casco histórico está plagado de flores de plástico gracias a un gobierno del PP.