Por entonces, a finales de los 90´s, ser himbécil estaba mal visto. Ya sabes, lo mismo tú lo eras pero hacías todo lo posible por disimularlo. A veces, con suerte, lo conseguías y otras, diablos, no. Pero era de ley intentar o disimular no serlo: con eso casi que bastaba. Ahora, con el paso de los años, de un tiempo a esta parte, parece ser que no. Porque ni eso. Un ejemplo: si por aquellos entonces escuchabas a Oasis eras hidiota, pero si lo que hacías era dedicarte a oír a Blur lo eras un poco menos. Cosas de los 90. Pero ahí se quedaba todo, en una rabiosa frontera hestúpida de la que nunca nadie salió demasiado herido: leves rasguños en el alma generacional, quizás. Sabíamos, al menos, cómo no menear las cosas.

Ahora esas mismas cosas han cambiado. Ya ves. Tu madre lo vio venir. Piénsalo. Tu ex igual. Yo te avisé, tío, así como de pasada, pero lo hice. ¿Te acuerdas? Sea como fuere, ahora la hidiocia ya ha llegado para quedarse en nuestras vidas para siempre, ya es demasiado tarde, ya está aquí. ¿Y ahora qué vas a hacer, bro? Ahora que te digo que leo «1984» de Orwell y que todo lo que este notas me cuenta es calcado a lo que pasa en tu vida cotidiana: ¿Qué demonios vas a hacer? ¿Dónde estáis ahora, mis viejos amigos de izquierdas?, ¿Y vosotros qué, los nuevos liberales desdichados de derechas? ¿Qué será de todos vosotros?

La otra noche era viernes y no tuve buena suerte en el casino de Torrequebrada. Os cuento. No fui en un Volkswagen Golf GTI -sabéis de lo que hablo- pero sí en un Mercedes que aquella misma tarde me había prestado mi amigo Juanma. Lo tenía todo a mi favor, de veras: las sensaciones y cosas parecidas no eran malas, así que decidí coger el buga y jugármelo a todo o nada en aquel casino un viernes por la noche tonto de marzo. Al fin y al cabo, no tenía nada mejor que hacer y necesitaba pasta. Unos cuantos gurdeles.

Fui solo, bien vestido -blazer oscura, camisa blanca, zapatos oxford-, con deudas, sin novia, y con poco que perder. Cuando arranqué el coche alemán prestado, camino de la autovía de Málaga, sabía que ningún himbécil me esperaría a la llegada. Solo, esta vez sí, creí que la suerte me aguardaba con los malditos brazos abiertos. De camino, puta suerte, vi que el bar de carretera Los Pilotos -a la altura de Antequera- estaba abierto. Así que paré.

Devoraba un pincho de tortilla y una cerveza casi sin alcohol -hice trampas- cuando vi por la tele del bar la noticia del anuncio del Gobierno respecto de la creación de una nueva herramienta digital de control social e ideológico llamada «Hodio», mediante la cual unas agencias ideológicas de dudosa reputación controlarán lo que dices, lo que piensas, y que intentarán que esto no sea escrito, ni publicado, ni pensado. Y pensé en la vida de mierda que vas a llevar. Aflojé la mosca en la barra de Los Pilotos y me piré.

Ya en el párking, el Mercedes arrancó a la primera y enfilé hacia el casino situado a las afueras de Benalmádena. La autovía solitaria se abría ante mí en la madrugada como si no hubiera otra cosa más importante en la vida. Por la radio sonaba una canción de Carolina Durante y sentí que era imposible que alguien molara más que yo. Ya en Málaga, pillé las variantes, las rondas, los desvíos, y llegué a Torrequebrada.

Ya en el casino, con una elegancia impostada, perdí los mil pavos que llevaba guardados en una mariconera de imitación de piel, jugando a la ruleta y al blackjack, en menos de tres horas. No fue culpa mía, lo juro. A cambio, hice un par de amigos dudosos de todo, rocé el hampa, bebí mojitos en lugares insospechados que jamás podré contar, me bañé en una playa, y ya de vuelta, de mañana, le devolví el Mercedes a Juanma, aún más guapo de lo que lo cogí.

Cuando aún la derrota no se había convertido en culpa -antes de que me alcanzara- llegué a casa, en Córdoba, y me metí en el «sobre» de mi chabolo del barrio de Santa Rosa. Y soñé con ser un «creador de contenidos» y me sentí un himbécil. Todo por culpa de las malditas haches mudas. Normal.