Érase una vez RomaTeo Fernández

La joven que fue mi gran amor romano

«Y, sin salir del cine, añado una reflexión: ¿acaso no es esa coexistencia y bipolaridad entre lo banal y lo trascendente el tema de fondo de La gran belleza?»

Columna de la flagelación de Jesús. Santa PrassedeTeo Fernández

Mientras yo me quedaba embobado con los mosaicos, Pedro Savelli, rector de la basílica de Santa Prassede, me contaba que la columna de la flagelación de Jesús que se conserva en este pequeño y maravilloso templo la trajeron los cruzados. Savelli, de origen brasileño, estaba encantado de escucharse, así que me habló de muchas cosas más del lugar. Como del pozo en el que, según la tradición, Santa Prassede y su hermana Pudenciana (que tiene dedicada una basílica también en esta zona, supuestamente sobre la casa donde se habrían criado ambas) dieron digna sepultura a más de dos mil mártires.

Siendo precisos sobre el asunto de la columna, se sabe que la trajo el cardenal Giovanni Colonna en el siglo XIII, en el afán de salvar reliquias durante las cruzadas. No quiero que mi querido lector pase por alto la ¿coincidencia? entre objeto y apellido. Tampoco el hecho de que, como ocurre con tantos elementos vinculados a Jesucristo, existen al menos otras dos supuestas columnas de la flagelación... Y Pedro Savelli estaba dispuesto defender la autenticidad de la suya incluso en medios de comunicación españoles.

Mosaicos ábside Santa PrassedeTeo Fernández

Aquello ocurrió la misma mañana del reproche de Allegra por utilizar la cama de invitados que ella adjudicaba en exclusiva a su abuela (episodio con el que cerré el artículo de hace un mes). Yo había llegado el día anterior de visitar Verona por segunda vez en mi vida y descubrir iglesias, en este caso templarias, en las estribaciones de los Alpes. Dormí en casa de Giorgia, al despertarme su hija me lanzó la mencionada recriminación, y me fui hacia el aeropuerto para volver a España. Sin embargo, tenía tiempo de sobra, así que antes de entrar en la estación de Termini (donde debía coger el tren hasta Fiumicino) di un paseo, con maleta y todo, por el Esquilino.

En él descubrí Santa Prassede, parada que me había recomendado mi amigo Jesús Daniel Alonso, pero también repetí sitios ya conocidos, como la basílica de Santa María de los Ángeles y los Mártires, que ocupa parte de las antiguas termas de Diocleciano. Termas a las que tengo entendido que precisamente Termini debe su nombre, debido a la proximidad entre ambos enclaves. En el complejo de los antiguos baños, por cierto, nació el Museo Nacional Romano en 1889. Luego se ha ido ampliando a otros espacios, especialmente al edificio que está enfrente: el Palazzo Massimo alle Terme.

Este palacio, como la propia estación de Termini, nació del proceso de modernización de la zona que mencioné en el artículo anterior y que conllevó la desaparición de numerosas villas. Entre ellas, la de Sixto V, en cuyo espacio el jesuita Massimiliano Massimo levantaría el inmueble en cuestión a finales del siglo XIX para ser la nueva sede del Colegio de los Jesuitas. En 1981, apenas con un siglo de existencia, se encontraba muy deteriorado y lo adquirió el estado para convertirlo en otra sede del museo. Se reformó y se abrió en 1998, casualmente (o no) poco antes de mi llegada a Roma.

oven como Artemisa. Museo Nacional RomanoIlya Shurygin

Lo visité en decenas de ocasiones en mi curso Erasmus por culpa de la escultura Joven como Artemisa cazadora. Y es que, para qué negarlo... me enamoré de ella. Pasaba a verla los atardeceres en los que morían las semanas y los pasillos del museo estaban vacíos. Mis amigos se desplazaban a alguna de las antiguas grandes villas (hoy jardines públicos) a jugar al fútbol y yo, medio en secreto, con la excusa de la cultura, las ruinas y todo eso, iba a cortejar a mi amada. Hasta que un domingo, simplemente, dejé de acudir.

Y la olvidé durante años. Olvidé, incluso, su nombre, igual que probablemente ella el mío; a fin de cuentas, es lo que debe ocurrir con todo amante que se precie cuando la pasión se apaga. Tardé dos décadas en volver a identificarla, y fue gracias a mi antiguo profesor de arqueología en la Universidad de Córdoba, Carlos Márquez. A veces pienso que, veinticinco años después, le debo una visita para saber cómo está. Pero ya se sabe que a los lugares donde fuimos felices, donde floreció el amor, no debemos regresar. Por eso, lo admito, no he vuelto a entrar en el Palazzo Massimo.

Hermafrodito durmiente. Museo Nacional RomanoLa Voz de Córdoba

Pero, a pesar de mi devoción por esta joven, la escultura que más me llamó la atención de todo el museo fue el Hermafrodito durmiente. Según la versión más conocida del mito, el personaje nació varón, pero los dioses lo fundieron con una ninfa por petición de esta, que, enamorada, no quería separarse de él. Así, habría aglutinado los dos sexos, claro. Pero su simbología va mucho más allá de una cuestión fisiológica, refiriéndose a la eterna combinación de opuestos: el masculino y el femenino, el sol y la luna, el oro y la plata, el blanco y el negro, la sal y el azufre alquímicos, las Biná y Jojmá cabalísticas, las dos columnas del Templo, los dos triángulos que combinados forman la Estrella de David, y, especialmente, el espíritu (o el alma) y el cuerpo.

Solo hay que prestar atención a que sus padres fueron Hermes (dios vinculado a lo sutil) y Afrodita (diosa de la carnalidad por excelencia); de ambos resulta, como es obvio, el nombre del hijo. En resumen, más que la perfección o totalidad formal, el Hermafrodito representa la nueva unión de aquello que se separó: la superación de la dualidad.

Hermafrodito durmiente. Museo Nacional RomanoLa Voz

Y allí, delante de él, con mi Canon EOS 300 analógica que me acompañó a todas partes durante ese curso, en una de las visitas que hice para cortejar a su vecina Artemisa un anodino atardecer de invierno, entendí que eso que el Hermafrodito representa es precisamente lo que atrapa de Roma: aúna materialidad y espiritualidad, satisfaciendo los sentidos y lo intangible.

No es cosa mía. Muchos otros con mayor capacidad que yo lo han percibido y transmitido. Como Zola, que en su novela Roma hablaba de una dimensión pagana y una dimensión cristiana de la Ciudad Eterna que son simultáneas e indisolubles. O como Fellini, que en su película también titulada Roma se refería a que esta urbe se muestra «como una virgen vestal y una loba, como una aristócrata y una prostituta, como un bufón melancólico». El mismo director, en su homónima Fellini ocho y medio, ponía en boca de un sacerdote el siguiente reproche: «Ustedes mezclan con demasiada desenvoltura el amor sagrado y el amor profano». Y, sin salir del cine, añado una reflexión: ¿acaso no es esa coexistencia y bipolaridad entre lo banal y lo trascendente el tema de fondo de La gran belleza?

Pero no hacen falta estas referencias. Si mi querido lector ha estado en la capital italiana, lo sabe. Lo ha sentido. Dicha carnalidad sagrada es lo que atrapa de ella: los sabores, los colores, la religión, la eternidad. Cuando uno está en Roma, no quiere estar en otro sitio, ¿verdad? Es una trampa en la que quedar dulcemente encerrado para siempre, como le ocurrió al alquimista con el que empecé mi disertación hace dos meses.

Así, en el Esquilino, con los símbolos indescifrables de la Puerta Mágica, con mi anfitriona y amiga (y hoy televisiva) Giorgia, y con el Hermafrodito que resume el mundo, fue como para mí empezó todo en esta ciudad. Os lo he contado en estos primeros tres artículos. Pero me queda lo más importante. Y será lo próximo: contaros cómo empezó Roma.