firma invitadapedro del Pino díaz

El aroma de la gracia: la humanidad que se eleva a lo divino

«Como decían los antiguos padres, donde está la unción, allí está el Espíritu; y donde está el Espíritu, allí florece la esperanza que no defrauda»

La mañana de la Misa Crismal no transcurre como una mañana más en nuestra Semana Santa. Inmersos en el bendito afán de los preparativos para los días grandes que ya acariciamos, el alma se debate entre la urgencia y el asombro. En medio de esa hermosa locura de flores que buscan su aroma, cirios que aguardan su luz y ornamentos que se disponen para que todo reluzca como el Señor merece en su Triduo Pascual, los sacerdotes hacemos un alto necesario. Es un retiro del mundo para acudir, como un solo cuerpo, al corazón de nuestra diócesis, a nuestra Iglesia Madre. Allí, despojados de la prisa, celebramos la Eucaristía presididos por nuestro Obispo, quien en su ministerio representa al mismo Cristo. Es en ese encuentro donde el trabajo de nuestras manos se detiene para dejar paso a la obra de la Gracia, renovando ante el altar la unción que nos hace pastores y el compromiso de entrega a su Esposa, la Iglesia.

Esta liturgia no es un hito cronológico, sino un kairós: el instante sagrado en que la Eternidad se inclina sobre el altar para aspirar el aroma de su pueblo. Bajo las bóvedas de la Catedral, donde el incienso dibuja el ascenso de la plegaria de los justos, acontece un misterio invisible para la mirada del mundo, pero que el corazón iluminado por la fe reconoce como el latido mismo de nuestra Redención.

Como nos enseñaba con delicadeza Benedicto XVI, el aceite que el Obispo consagra es el signo de la «bondad de Dios que nos toca». En la antigua tradición de los Santos Padres, el óleo era el bálsamo del luchador y la medicina del herido. Recordamos que el nombre de «Cristo» significa «Ungido». Por tanto, al bendecir estos aceites, no estamos simplemente ante un rito litúrgico más, sino ante la fuente misma de nuestra identidad: el momento en que la Iglesia se prepara para engendrar nuevos hijos en el Bautismo, ordenar nuevos sacerdotes, que sean cauce de vida y fortalecer a los que sufren en el lecho del dolor a través del Óleo de los Enfermos.

El Santo Crisma, enriquecido con aromas preciosos, es la síntesis de la Creación redimida. En él, la naturaleza —el humilde fruto del olivo— se eleva a la dignidad de lo divino. Es el «aceite de la alegría» del que hablaban los salmistas, ese que no solo brilla en el rostro, sino que penetra hasta la médula del espíritu para conferir un carácter que ni el tiempo ni la muerte pueden borrar.

En esta mañana, el presbiterio renueva sus promesas con una hondura sobrecogedora. Resuenan las palabras de Ratzinger sobre la «Amistad con Cristo»: ser sacerdote es entrar en la voluntad del Amado, es dejar que la propia vida sea «expropiada» para que sea Él quien hable, quien perdone y quien consuele. San Juan Pablo II, nos urgía a ver en esta unción un impulso para la caridad. El sacerdote no se unge para sí mismo, sino para ser cauce. Como el ánfora que se rompe para que el perfume inunde toda la casa, el ministro del altar renueva hoy su disposición a ser partido y repartido por su grey.

Cuando las ánforas de plata abandonen el templo para ser distribuidas por cada rincón de nuestra geografía, la diócesis entera quedará, de mística manera, ungida. El cristiano que camina por los senderos del mundo lleva consigo ese aroma invisible pero real del espíritu que se recibe por los sacramentos. Que esta mañana de aceites santos nos encuentre con las lámparas encendidas. Que al ver el brillo del Crisma, recordemos que hemos sido llamados a ser luz en medio de las sombras. Porque, como decían los antiguos padres, donde está la unción, allí está el Espíritu; y donde está el Espíritu, allí florece la esperanza que no defrauda.

¡Una petición antes de terminar! Rezad hoy especialmente por los sacerdotes, que seamos fieles a la llamada del Señor a vivir unidos a Él, configurando nuestra vida con la Cruz de Cristo por la salvación del mundo. Que podamos vivir el ser sacerdotes, solo sacerdotes, nada más que sacerdotes. Como nos decía nuestro querido D. Gaspar:

«Un sacerdote, es, ante todo, «un hombre de Dios», todo de Dios. Con la misma energía «hombre para los hombres». Suele diferenciarse por el corazón más que por otras cualidades. Y su corazón es manso, humilde, perdonador, amante de los pobres, de los enfermos, de los niños… Tiene mucho de padre, de amigo, de hermano… parece que no tuviera nada que hacer sino unir a Dios y a los hermanos. Siendo «distinto» se mezcla con el pueblo; vive en el mundo, pero no es del mundo.»