La Semana Santa es fe y tradición, cultura e historia, un compendio de contemplación y recogimiento, silencio y oración, que se vive con la vista puesta en la esperanza que llegará la noche de Pascua con la Resurrección, dadora del sentido completo a los días de fervor. Más allá de la fe, la identidad cultural se encuentra en las calles por las que transita el mejor museo itinerante que podamos visitar. Cortejos y pasos cuidados hasta en el detalle más minúsculo; una ardua labor de la que se ocupan durante el año profesionales y talleres que atienden una gran diversidad de oficios, específicos cada uno en su campo, artistas de la creación, mantenimiento o restauración de la riqueza patrimonial que atesoran las cofradías de la ciudad.

Hago esta reflexión cuando solamente hemos vivido un par de días de esta semana grande en la que el calendario litúrgico potencia su intensidad. El Domingo de Ramos representaba una vez más la ilusión, la inauguración de unos días tan esperados como efímeros. El oficio litúrgico recordaba la entrada de Jesús en Jerusalén combinada con el relato de la Pasión, encontrando ambas la continuidad en la catequesis plástica que representan cada una de las escenas de los diferentes pasos que hacen su recorrido procesional en una estética de dolor y esperanza.

Los contrapuntos hicieron del Lunes Santo una jornada redonda. La esencia de los barrios unida a la solemnidad del centro. El contraste del blanco y el negro junto a la unanimidad en la acción de los cortejos de nazarenos, nutridos y con buen andar. Al saber hacer y la compostura de las cofradías del día, se unía la emoción de la primera llegada a la carrera oficial de la Dominica Hermandad de Nuestro Padre Jesús de los Afligidos en su Sagrada Presentación al Pueblo.

A pie de calle se vive la autenticidad de cofrades que muestran con gestos, agradecidos, cada detalle, cada ofrenda recibida. Ofrendas hubo, muchas, pero me quedo con las numerosas saetas dedicadas a Santa María de la Merced, nacidas del sentimiento popular y entonadas con el corazón en la mano, en el barrio de Edisol a la ida y en el Zumbacón de vuelta, amén de algunas más que surgieron a lo largo del recorrido. Ya guardo su estación de penitencia como uno de mis recuerdos más especiales de la Semana Santa 2026 en la que el nuevo palio iluminó a la Virgen Mercedaria de manera singular.

En este Martes Santo, que cuando escribo está por descubrir, veremos muchos detalles y otros que solamente será posible apreciar desde las alturas. De un lado, un palio para admirar, que da cobijo a María Santísima de la Trinidad realzando aún más si cabe su belleza; de otro lado, el de Nuestra Señora de la Piedad que cuenta con la novedad del sobretecho o repostero con el escudo del Papa Pío IX, figura clave para la Congregación Salesiana, impulsor de su obra educativa y quien aprobó oficialmente a los Salesianos de Don Bosco. Detalles que se convierten en algo más que un guiño y que todavía se verán multiplicados en cada estación de penitencia de todos los días que aún faltan por revelar.