Miércoles de traiciones
«Judas no es un extraño ni un adversario lejano; forma parte del grupo más cercano. Ha compartido camino, mesa y palabra con Jesús»
Julio César fue traicionado por los propios senadores: Jacques de Molay, Gran Maestre de la Orden del Temple por Felipe IV de Francia y Guillermo de Nogaret; Carlos I de Inglaterra por Oliver Cromwell… y así pudiéramos seguir con una amplia lista en la que no solo encontraríamos reyes, nobles y grandes sino jovencitas como Santa Juana de Arco, o abades como Santo Tomas Becket. Todos ellos con un mismo denominador común: la traición. Y por regla general, esa traición que les costó la vida.
El Miércoles Santo ocupa un lugar discreto, casi silencioso, dentro del conjunto de la Semana Santa. No tiene la fuerza simbólica del Domingo de Ramos ni la intensidad litúrgica del Triduo Pascual. Y, sin embargo, encierra una de las claves más incómodas del relato cristiano: la traición.
La tradición sitúa en este día el momento en que Judas Iscariote acuerda la entrega de Jesús por treinta monedas de plata. Es una escena breve, casi sobria en los Evangelios, pero de una densidad difícil de pasar por alto. No solo por lo que sucede, sino por quién lo protagoniza. Judas no es un extraño ni un adversario lejano; forma parte del grupo más cercano. Ha compartido camino, mesa y palabra con Jesús. Precisamente por eso, su decisión resulta más desconcertante.
Este dato introduce una cuestión que atraviesa toda la jornada: la ruptura no siempre nace de fuera. A veces se gesta en la cercanía, en la familiaridad, incluso en aquello que parecía más sólido. Por eso, el Miércoles Santo no se limita a recordar un episodio del pasado. Más bien invita —de manera implícita— a mirar con cierto realismo la propia experiencia humana.
No es difícil reconocer que las decisiones importantes rara vez se toman de forma brusca. Lo habitual es que se vayan configurando poco a poco, a través de pequeñas elecciones que, consideradas aisladamente, parecen inofensivas. La tradición cristiana ha leído la figura de Judas en esta clave: no tanto como un gesto repentino, sino como el desenlace de un proceso. En este sentido, el detalle de las treinta monedas tiene una fuerza particular. No es una cantidad extraordinaria. No hay en juego una gran causa ni una situación límite. Es, más bien, un intercambio pobre, casi trivial y sin embargo, suficiente aunque en ello indique la miseria en que se valora la vida humana, antes y ahora.
Al mismo tiempo, la jornada no se agota en esta dimensión. La traición de Judas se inscribe en un horizonte más amplio, el de la Pascua. La libertad humana, incluso cuando se ejerce de forma equivocada, no queda fuera de ese horizonte. Quizá por eso el Miércoles Santo pasa desapercibido en comparación con otros momentos de la Semana Santa y, sin embargo, la última palabra de este día no es la sospecha, sino la posibilidad. Porque si la fidelidad puede erosionarse poco a poco, también puede reconstruirse del mismo modo: en lo concreto, en lo cotidiano, en decisiones pequeñas pero sostenidas.
Decía nuestro profesor de antropología filosófica, el jesuita Carlos Valverde, que el hombre, siempre elige el bien, aunque no siempre elija bien. Que ojalá, en nuestras elecciones diarias siempre optemos por Cristo, el Supremo Bien.