«La verdadera alegría está en la Cruz del Señor»
«La pérdida no siempre empobrece y la entrega no siempre resta, a veces ocurre todo lo contrario»
Es extraña esta afirmación de San Francisco de Asis en una sociedad como la nuestra que demuestra día a día, que la comodidad es el derecho absoluto, ahora detenernos en el Viernes Santo ante la cruz y decir que está clavada en ella nuestra alegría, no es nada más que desconcertante y resulta una locura. ¿Qué puede ofrecernos un símbolo asociado durante siglos al dolor, al fracaso, a la derrota?
Y, sin embargo, ahí está. La cruz de Jesucristo, no desaparece, vuelve a nuestra mirada, silenciosa, provocadora, y nos replantea algunas certezas que damos por seguras.
La sociedad actual identifica felicidad con no tener problemas, el vivir a tope, sin cargas, de ahí que el compromiso y los hijos son un lastre, sin renuncias, sin heridas. Pero vivimos en la realidad, que es dura de por sí, y desmiente esta idea vaga del pensamiento actual. La misma experiencia de vida te dice que es algo utópico. Por ello, esa experiencia de vida desde el amor hasta la fidelidad, pasando por la familia o la vocación, tienen siempre un componente de sacrificio, y de ahí observamos como los más jóvenes se están volviendo a Dios, ya que la sociedad ha querido vivir en esa misma mentira que no da respuestas y que sí la cruz de Jesucristo las da. «En la tarde de la vida, seremos examinados del amor», S. Juan de la Cruz.
El viernes no exalta el dolor, sería muy pobre su liturgia y no va por ese camino de emociones, va mas allá. Es el amor que asume el dolor, por ti y por mí, inclusive los alejados, para transformar lo cotidiano en extraordinario y la cruz en redención. Ya no es la cruz una derrota, sino un lugar de revelación. No revela el poder humano, sino algo más extraordinario, como es la capacidad de entregarse el mismo Dios sin condiciones.
Este es el gran núcleo de la cruz, no el sufrimiento, sino lo que hace Jesucristo por medio de la Cruz. “Donde hay amor, no hay sacrificio; y si lo hay, se ama el sacrificio", San Josemaría Escrivá.
Nace esa decisión libre y sostenida por el amor, y así adquiere una dimensión nueva. De ahí, que la pérdida no siempre empobrece y la entrega no siempre resta, a veces ocurre todo lo contrario.
De ahí que surja una palabra provocadora, muy unida a la cruz y esta es ALEGRIA. No es una alegría epidérmica ni vacía. Nadie celebra el dolor. Pero si existe una forma de alegría más sobria, más honda, que no depende de que todo vaya a las mil maravillas, sino de entender que incluso lo difícil puede tener sentido. Es una alegría que no mira para sí, sino del que descubre que desgastarla y darse en lo grande y pequeño no es perderla. Un ejemplo claro: ¿pensáis que una madre que se sacrifica por sus hijos o un padre, no sienten alegría, porque se ofrecen a lo que más quieren en sus vidas, que son sus hijos?
El problema es el relato que hemos creado en nuestra sociedad, por ello, el Viernes Santo, nos da otro relato distinto; el del dolor que en Jesucristo no tiene la última palabra. Por eso, nos interpela, porque nuestra sociedad rehúye de la cruz, y Jesucristo nos invita a abrazarla.
Por ende, cruz, redención, alegría no son conceptos aislados en la vida cristiana. Forman parte de una experiencia de vida que se ofrece por amor, de ahí que el sacrificio no se convierta en una perdida, la redención en una teoría irrealizable y la alegría deja de ser superficial. Por ello, deberíamos de preguntarnos si es correcto evitar la cruz, o más bien a aprender a abrazarla.
Francisco Gámez Otero es sacerdote y párroco de Nuestra Señora de la Asunción (Palma del Río)