Cuando un oso se comió un guiri
«Nuestro turisteo rubiasco, eslavo o envuelto en chilaba -que de todo hay- es más ingrato pero de más corazón comparado con el de algunas zonas costeras»
Ya están aquí. Ya han llegado. Se les ve avanzar en su lento deambular por las callejuelas del Centro, de la Judería, incluso por los senderos del parque de Los Patos abandonados desde hace décadas por la autoridad pertinente. Porque los guiris ya han aterrizado en nuestra ciudad. Nadie lo sabía a ciencia cierta, pero es que aparecen de improviso, como pasa todos los años; demonios, esta gente es que se presenta sin avisar, dando susto: -¡Hello! ¡I´m from Ohio!-. Mira a ese notas cómo va, bro, dice alguien. Y sí, eso era un guiri.
Tal nueva tribu urbana -ya casi entrañable- en nuestra ciudad y que siempre aparece por primavera en nuestro paisaje cotidiano, como marcianos vestidos con camisa cuello Mao, bermudas piratas de dudoso gusto, zapas Nike y una empatía cuando menos admirable, llega hasta nuestra Córdoba este peculiar y empanado espécimen a nuestras vidas, casi sin pedir permiso.
El guiri estándar de nuestra ciudad, como tal, confesémoslo, tira a aburrido, a pringaete. A coñazo, más bien. Vale que les sacamos las pelas pero tampoco hay que pasarse. Que no somos como los de la costa. Ataviados de mil formas distintas, estas criaturas no sé si hijos de Dios se desparraman por nuestra ciudad entre «oooohs» y «aaaaahs», y el pozo oliéndoles a salmorejo desestructurado a dieciséis pavos la media ración servida en lo que viene a ser un platillo de culo de café. Alguien se la coló otra vez, y asó la manteca, claro, para variar. Y probablemente fuiste tú. Almas cándidas, estos sujetos provienen de no sé dónde del averno: belgas, checoslovacos, boludos, holandeses, japos, polacos, gabachos, los hijos de la Pérfida Albión. También gringos, chinos, espaguetis, mexicas, chucruts, moros, indochinos, yo qué sé. La lista es interminable.
Y es que es llegar abril, la solana, el pasote de la primavera cordobesa, el vacile sureño, los naranjos a punto de petar de azahar, y es escuchar mil lenguas de guiris y a uno no se le ocurre otra cosa que tararear una canción de Los Punsetes. No sé cómo esta gente lo hace, los guiris, digo. Pónganse en su lugar. En el de un guiri, claro. ¿Que suena el rasgueo de una guitarra flamenca en la puerta de un garito? Allí que van. ¿Que hay una exposición así como rara de arte contemporáneo en la Fundación Botí y es gratis? A empellones, entre «sorrys», entran nuestros guiris pisando la cabeza del bedel que custodia la puerta mientras caza moscas.
El guiri que viene a Córdoba no es como todos los demás. No señor, hasta ahí podíamos llegar. El nuestro es un más bien un tipo de «guiri acabao». Que sí, coño, que los veo pasar todos los días por delante del Bar Correo. Porque nuestro turisteo rubiasco, eslavo o envuelto en chilaba -que de todo hay- es más ingrato pero de más corazón comparado con el de algunas zonas costeras. Porque el nuestro, el guiri cordobés, es que no deja un duro, en definitiva. De todos modos yo quiero mucho a los guiris. A nuestros guiris.
Porque yo, este tipo «junta-letras» que humildemente les entretiene cada dos semanas, ha tenido varias novias guiris. Sí, lo sé. Pero es que incluso viví en el extranjero amancebado con una mujer holandesa, para escándalo de mi madre católica. Nunca, hasta entonces, lo juro, le llevé la contraria.
Todo esto viene a cuento porque salía yo el otro día de uno de esos bares de dominó y tragaperras -ya hace un tiempo que abandoné los afterhours- que frecuento y fue acordarme de las guiris de mis amoríos pasados. Nunca conseguí que se acostumbraran a aquellos mis bares favoritos con olor a Partagás barato, a altramuz revenido, al grito extemporáneo metafísico tan español, al golpe de ficha de dominó sobre mesa de mármol, a aroma a copa de Moriles vencido, a parroquiano con pantalón de tergal y zapatos de rejilla, al ruido infame pero casi delicioso del tragaperras que ya quisiera para sí una ópera de Wagner. Pero, oye, que no hubo manera. Cosas del choque cultural, imagino. Visto desde ahora, fracasar en aquellos amoríos guiris fue hasta épico.
Lo intenté. Todo lo intenté, tío. Tal un frontman ibérico y landista, les mostré la felicidad de un plato con dos huevos fritos acompañados por una incólume litrona de Cruzcampo, les enseñé Cádiz, la canción ligera española. Nada. Ni caso. Todas me dejaron. Ellas, mis aún adoradas guiris, a su bola, siguen amándome creo yo desde la distancia -bueno, no sé- cuando con ellas recorrí toda Europa -incluida San Marino- sin salir de una cama Pikolin de 90x190 del barrio de San Agustín. Los guiris ya nos han alcanzado, están aquí y no hay nada que podamos hacer al respecto. Hagan el favor y trátenles bien.
Todos sabemos que existen historias de guiris, leyendas de guiris, tristezas de guiris. Pongamos un ejemplo. El 5 de octubre de 2003 un oso grizzly se comió a un par de guiris ecologistas llamados Timothy Treadwell y su novia Amie Huguenard cuando fueron a hacerle carantoñas en la lejana Alaska. Después, el mamífero omnívoro fue abatido y sacrificado por unos guardabosques. Ironías del destino, aquel activista ecologista y amante de los osos era conocido en su círculo más cercano como «grizzly man». La cosa tiene su guasa. Qué culpa tuvo el oso si tenía hambre y se comió a ese señor y a su novia. Los dos eran guiris. No seré yo quien lo culpe. No yo. Al oso, digo.