La degeneración totalitaria
Lo más escandaloso de los casos de corrupción del sanchismo que se están investigando no son la depravacion en sí misma de las fechorías ni los desmanes en que se basan, sino la baja catadura moral de quienes hicieron bandera de la regeneración y la decencia pública para ganar la primera moción de censura de la democracia. Es la pillería y la estafa propia de truhanes lo que hace más abominable el escándalo que nos ocupa.
«Recuperar la dignidad de la democracia» eran las palabras de José Luis Abalos argumentando la necesidad de expulsar a Rajoy de la presidencia del Gobierno, porque «la sociedad española no podía tolerar la corrupción como algo normal» ni era aceptable «la indecencia en la política». Hoy, en muy pocos días de la vista oral del primero de los muchos juicios que esperan al sanchismo, se ha constatado ya que los sobornos, los pagos de comisiones, los enchufes malversadores, el cohecho, las bolsas con fajos de billetes, la prostitución pagada con dinero público y otros episodios fraudulentos eran la verdadera vocación degeneradora, que no regeneradora, de quienes programaron el asalto al poder a bordo de un Peugeot recorriendo decenas de miles de kilómetros en comandita.
No tardaron mucho en corromperse porque ya venían moralmente corrompidos. Habían engañado a sus compañeros de partido ocultando urnas llenas de papeletas tras una cortina. Habían falsificado las primarias socialistas que les dieron el poder partidario, financiándose irregularmente, comprando votos y manipulando censos. Habían engañado a sus conmilitones que catapultaron a Sánchez de forma provisional a la secretaría general del PSOE. Y el líder había plagiado una tesis que, ante el escándalo, se trató de ocultar durante años y hoy solo se puede consultar, en formato papel, en la universidad privada Camilo José Cela.
Lo poco que se va sabiendo de los llamados «caso mascarillas», «caso hidrocarburos» y «caso Air Europa» son un aperitivo de lo que seguiremos conociendo de los casos «Begoña Gomez», «Financiación del PSOE», «caso del hermanisimo», «fondos europeos» «maletas de Delcy», «caso Leyre Díez» y tantos otros que nos mostrarán la verdadera faz de ese «Gobierno progresista» en el que todos los socios y quienes le sostienen miran hacia otro lado mientras se esquilman las arcas públicas. Todos esos casos tienen el mismo hilo conductor y son desviaciones, más claras unas y más confusas otras, del mismo entramado. Porque no hay que engañarse: cuando se pacta con delincuentes, golpistas y filoterroristas para alcanzar el poder es porque se simpatiza con tendencias delincuenciales. Lo que hoy se constata es la estructura de una operación de poder, la influencia puesta al servicio de negocios opacos.
Abalos, la mano derecha de Sánchez, proclamó en la moción de censura que el PP había montado «un sistema de corrupción institucional». Y el propio investido presidente proclamó en aquella sesión parlamentaria que «la corrupción merma la fe en el Estado de derecho… y destruye la fe en las instituciones cuando no se reacciona desde la ejemplaridad». Pues ya estamos viendo donde está la ejemplaridad. La misma ejemplaridad de aquel banderillero de Belmonte que hizo saber a su maestro que llegó a gobernador civil degenerando: el sanchismo parece haber llegado a la conclusión de que solo puede mantenerse en el poder degenerando.
La fe en las instituciones se destruye cuando se hace del poder un chiringuito para comprar y vender favores como sostén del mismo. Sánchez nos va progresivamente alejando de nuestro espacio político y natural, atlántico y europeo, para hermanarnos con quienes se inspiran en toda clase de autoritarismos y populismos. En cuatro años Sánchez ha visitado cuatro veces China, régimen autocrático considerado la mayor prisión de periodistas del mundo y donde se desenvuelve su amigo el lobista Zapatero. Ello unido al ahormamiento creciente con los populismos iberoamericanos de retórica simplista, propia de las democracias fallidas y las narcodictaduras, denota que Sánchez busca un eje político alejado de las democracias occidentales, alineándose con quienes no comparten nuestros valores de libertad y de respeto a los derechos humanos.
Quizá, en el fondo, lo que Sánchez pretende es huir de unas democracias liberales donde, aún con deficiencias, rigen principios fundamentales como la libertad de expresión, la rendición de cuentas y la separación de poderes. En estas democracias no tienen cabida extralimitaciones del poder como ocurre en aquellos sistemas iliberales que tanto gustan a Sánchez y Zapatero y donde la tolerancia con el crimen organizado, la corrupción institucional, la vigilancia parapolicial y la represión selectiva están a la orden del día. Son regímenes corruptos que culminan en la práctica con la consagración del partido único, como intérprete y representante exclusivo de la voluntad popular, donde la patrimonializacion del Estado no es un delito sino un privilegio de quienes lo ocupan.
Desde la Transición hemos visto desfilar por los juzgados a personalidades y políticos de todos los colores, desde exministros y altos cargos de derechas y de izquierdas, miembros de la magistratura y hasta al yerno y a la hija del Rey. Ha tenido que quedar en entredicho la conducta de los próximos de Sánchez, tanto de la política como de la familia, para que se ponga en cuestión la independencia del poder judicial, como si en España, para el sanchismo, solo fueran imparciales los jueces que condenan al adversario pero absuelven a los propios.
Degenerando, como aquel subalterno taurino, Sánchez ha invadido las instituciones para intentar ponerse a salvo de la falta de principios éticos y morales que pudre toda su trayectoria. Una corrupción intensiva llevada a cabo sin freno ni pudor y ante la que la sociedad española que aún cree en la democracia deberá rebelarse con la misma contundencia que los húngaros han hecho con otro político autoritario, este de derechas. Porque en el fondo todos los absolutistas son iguales: se sirven del pueblo al que desprecian. Y, como en Hungría, habrá que confirmar que las urnas son el mejor antídoto contra todos los totalitarios.