Recientemente he leído un libro de Kieran Egan (1942-2022) titulado Mentes educadas. Cultura, instrumentos cognitivos y formas de comprensión (Barcelona 2000). En él, al reflexionar sobre el desarrollo del lenguaje, de la lectura y del pensamiento, se proponen por parte de Egan lo que bien podrían denominarse como las distintas edades del lector.

Así habría un primer periodo al que Egan denomina mítico (hasta los 8 años de edad) que se caracterizaría fundamentalmente por la imagen, la metáfora, la rima, el ritmo, lo narrativo y lo binario y que aportaría una riqueza sensorial a nuestro mundo mental que seguirá vivificándonos por mucho tiempo.

La segunda edad o periodo es el romántico (hasta los quince años). Se trata de la edad en la que los jóvenes se interesan especialmente por los extremos: los héroes y los desdichados. Esta etapa resulta una continuación del periodo anterior, porque incluye lo realista, pero buscando lo espectacular. Al respecto no falta quien considera un grave error quitar los relatos sobre los personajes y eventos espectaculares de los libros de historia. Y esto por un claro fundamento: Los alumnos necesitan esa experiencia cuando más tarde encuentran formas más abstractas de hablar de la historia.

Como tercer periodo (a partir de los 15 años) se puede hablar del periodo filosófico, porque los jóvenes se hacen preguntas sobre el bien y el mal.

El último nivel sería el irónico, que revisa y cuestiona los niveles anteriores, pero sin abolirlos. A una persona irónica le pueden gustar los relatos de aventuras o las poesías a la vez que puede cuestionar ciertos aspectos. Se trata de añadir y de hacer más flexible el mundo mental de la persona.

Dicho lo cual advierte Egan que no todos los individuos llegarán al nivel filosófico o al nivel irónico. Algunos quizá se queden en el nivel mítico. Lo ideal sería poder pasar por todos los niveles ya que esto supondría seguramente un enriquecimiento del vocabulario, un buen manejo de la lengua y suficientes conocimientos generales del mundo; además de que solo así se adquiere la energía y la vivacidad suficientes como para concentrarse más tarde en algo abstracto.

El drama viene cuando se privilegia únicamente el lenguaje oral y espontáneo, se tiende a minusvalorar lo narrativo, se disminuye el espacio para el aprendizaje de la lengua en los horarios escolares y se deja atrás el ideal de que el alumno se convierta en una persona culta - una idea que comportaría un aspecto estético basado en el desarrollo de la sensibilidad y la moral-. En una literatura más que mermada como asignatura, «las tareas de los alumnos ya no consisten en interpretar las obras, sino más bien en presentar sus propias opiniones e intereses en conexión con un tema mencionado en el texto» (I. Enkvist).

En resumen, y frente a este urdido plan de «menos literatura», hemos de volver a subrayar la trascendencia de la lectura como algo íntimo, como una conversación con uno mismo. En palabras de I. Enkvist: «Empezar a leer literatura de calidad es dejar los placeres fáciles por los placeres difíciles». Precisamente el mismísimo Harold Bloom, que veía a los seres humanos como fundamentalmente solos, consideraba que en esta soledad la buena literatura nos permite una conversación seria con nosotros mismos. Para Bloom nada más relevante que una memoria «bien provista» para desarrollar el pensamiento y es que necesitamos muchos conocimientos y conocimientos bien organizados para poder pensar bien.