De comienzo en comienzoElena Murillo

El tío del bigote

«De expresión afectiva y tremendamente empático, siempre estuvo atento a hacer una llamada, a saludar y despedirse de parientes y paisanos en cada una de las visitas a su tierra natal»

El título de hoy podría atraer a la mente del lector la imagen de un famoso ungüento utilizado para relajar los músculos o incluso el nombre de un vino tinto. Y, por supuesto, rememorar aquellos rostros conocidos que portan con gracia los pelos que nacen en el labio superior.

Personajes con bigotes icónicos ha habido muchos a lo largo de la historia de la humanidad: Charles Chaplin lució uno que estaba de moda en los años 20, Salvador Dalí se adornó con otro especialmente cuidado, Cantinflas tenía uno peculiar, el de Einstein era algo más desaliñado…, y, así, formando parte de una larga lista, se incluyen en el uso de la citada estética Groucho Marx, Pancho Villa, Freddie Mercury o el artista latino Camilo en época actual.

Pero el bigote de mi tío…, era otra cosa. A él voy a referirme hoy. Pese a que no haya sido famoso, también lucía un mostacho que le confería una adorable personalidad. Esta expresión de identidad ha influido sin duda en la forma en la que los demás lo hemos percibido.

«El tío del bigote», como cariñosamente lo hemos llamado sus sobrinos y sobrinos nietos y como él mismo se hacía llamar, ha sido un hombre bonachón aunque firme en sus convicciones. De expresión afectiva y tremendamente empático, siempre estuvo atento a hacer una llamada, a saludar y despedirse de parientes y paisanos en cada una de las visitas a su tierra natal, a mantener los vínculos afectivos en el seno parental, a sintonizar con compañeros de trabajo nacionales y extranjeros percibiendo y respetando a cada uno según los rasgos propios de su cultura; en definitiva, supo derrochar una alta sensibilidad emocional.

Dicharachero, llevaba por bandera siempre la broma y los versos en el grupo de whatsapp de la familia, un concepto este de familia que supo valorar por encima de todo en el sentido extenso de la palabra. Era correspondido con letrillas en forma de villancico que se aprovechaban en época navideña y que él acogía con gusto a través de una videollamada. La distancia fue una limitación física pero nunca afectiva. Y, así, como a él le hubiera gustado, en familia, como en tantas otras ocasiones, aunque no en clave alegre sino dolorosa, nos reuníamos hace seis días cuando el combate había llegado a su fin. No era una derrota sino el descanso que llega cuando las fuerzas se agotan.

No solamente brotaron los recuerdos en la despedida sino que siempre será evocado en cada encuentro estival en el pueblo, en cada copa de vino compartido, en cada partida junto a primos o amigos… Ahora que su cuerpo ya no está entre nosotros, tenemos la certeza de que su esencia sí que permanecerá viva porque nunca lo vamos a olvidar.