Parece que los españoles estamos condenados a soportar episodios propios de la barbarie y de la incultura cada vez que seamos llamados a las urnas, como si nuestros representantes sólo tuvieran como argumento la descalificación del adversario en vez de la fundamentación racional y sólida de sus propuestas. Ya decía el moralista francés Thiaudiere, en su visión pesimista de la civilización, que esta a veces tiende más a refinar el vicio que a perfeccionar la virtud.

De una parte, nuestro presidente del Gobierno se ha olvidado de la vía diplomática como la forma idónea de la resolución de conflictos, y se ha entregado a un populismo desaforado para ganar adeptos internos poniendo en riesgo nuestros intereses y relaciones internacionales, los pactos con nuestros aliados y el crédito de nuestras instituciones. Buscar 600 millones de euros de inversiones chinas en España es legítimo y loable, siempre que no sea a riesgo de perder los 10.000 millones de nuestro principal inversor, los EEUU. Jugar con los intereses nacionales es una temeridad, máxime si tenemos en cuenta aquella advertencia del primer ministro canadiense, Mark Catney, de que con China no hay integración sino subordinación.

Agobiado por los procesos judiciales que afectan a los más próximos de su entorno político y familiar, Sánchez no ha tenido empacho en proclamar que hará «todo lo que sea necesario» en defensa de la democracia mientras se aleja de los principios propios de las democracias occidentales. Y lo hace como líder mundial de la extrema izquierda, después de que Xi Jinping lo situara «en el lado bueno de la historia», el suyo, o sea ese lado donde no hay libertad de expresión, solo se permite un credo ideológico y los derechos humanos brillan por su ausencia. Con razón María Corina Machado entendía que era inoportuno reunirse con quien hacía peña liderando lo más granado de las dictaduras chavistas que le hurtaron una rotunda victoria electoral. No en balde, la socialdemocracia europea no participó del aquelarre barcelonés donde Sánchez disfrutaba de su liderazgo tercermundista.

«La vergüenza cambia de rumbo» dijo Sánchez en Barcelona, tildando de «lacaya» a la derecha. «Se acabó», «a partir de ahora la vergüenza para ellos, para nosotros el orgullo» vociferaba enardecido. Otra vez el ellos y el nosotros, los buenos y los malos. Y lo hacen apelando al «no a la guerra» y «sí a la paz» como armas arrojadizas, con la temeridad propia de quienes, empeñados en la división de la sociedad, son los mayores promotores de enfrentamientos y contiendas. Sánchez no se conforma con el muro que ha levantado a nivel nacional que hace insoportable la convivencia a los españoles; quiere levantar otro a nivel mundial.

La esquizofrenia ha tocado a rebato y ya resulta perceptible en los actos preelectorales andaluces. A los dicterios habituales de la candidata socialista se van sumando invectivas de distinto tenor por parte de otros políticos. Sobran descalificaciones críticas y faltan propuestas concretas, argumentadas correctamente con cifras y proyectos sólidos, de cómo abordar los complejos problemas sociales y aliviar la carga a los contribuyentes. Hasta a un hombre tenido por sensato y moderado, como el candidato de la plataforma de izquierda radical, le ha faltado tiempo para negar legitimidad a sus adversarios tachándolos de asquerosos. Y a la hipocresía bulliciosa le ha faltado tiempo para arremeter contra un pacto extremeño que habla de prioridad nacional con estricto respeto a la ley, es decir el artículo 13 de la Constitución, criticándolo con descaro, en nombre de la igualdad, quienes llevan una legislatura concediendo privilegios y un trato singular a las minorías rebeldes de la nación española.

Mientras se alaba a países tan «progresistas» que no necesitan democracia porque el partido único comunista vela por todos pero solo se benefician los que se aprovechan del régimen, aquí se nos hablará de las guerras, de la desigualdad y de las injusticias por parte de los mismos que lanzan campañas contra los periodistas, los jueces y todo aquel que reclame un mínimo de honestidad, decencia y rendición de cuentas a quienes gobiernan.

La inmundicia es intolerable, venga por un lado o venga por otro. En las democracias se la termina venciendo, como ha ocurrido en Hungría, donde se le ha ganado desde la centralidad que es por donde circula la mayoría social de todos los países civilizados. Es curioso que aliados de Orban eran Putin y Trump, es decir dos extremistas de distinto signo, pero autoritarios ambos. Y es que, en el fondo, a derecha y a izquierda, los dogmáticos coinciden en su visión excluyente y totalitaria de la sociedad.

En Andalucía hace tiempo que las peroratas insustanciales de ciertos políticos solo engañan a quienes quieren dejarse engañar. Embarrar el debate solo desacredita a quienes carecen de argumentos. A la experiencia acumulada por los andaluces parece que les satisface más circular por el camino más ancho, el de la tolerancia, el diálogo y el respeto, desconfiando de esa tendencia dogmática que, para ganarse su confianza, halaga los sentimientos elementales de los ciudadanos, como si viviéramos en ese país idílico donde se creen que los perros se atan con longaniza.