Queda sólo una semana y quien avisa no es traidor. Si al salir de una tienda le pegan dos besos sin avisar y si alguien se ofrece a llevarle las bolsas de la compra, desconfíe porque hay elecciones a la vista. Llevamos semanas de precampaña y queda aún la recta final, donde la densidad de políticos en la vía pública y en actos de todo tipo es desmesurada respecto a los últimos meses y años.

Hay que recuperar el tiempo perdido y si el españolito de a pie ha aprendido en los últimos años a desconfiar de muchas de las cosas que lee y escucha, en estas fechas dicha práctica se convierte en ciertamente peligrosa porque todo será impostado. Se colgarán medallas que no le corresponden, acusarán de todo a quien sólo pasaba por allí y, por supuesto, se dedicarán a ver la paja en el ojo ajeno. Toda una especialidad.

Las redes sociales han venido a acentuar esta situación. Cada perfil es un microcosmos donde uno cree asomarse al resto de la sociedad y, por el contrario, sólo ve y lee lo que el algoritmo quiere que vea y lea. Estos ecosistemas distorsionan la realidad y quienes pasan en ellos más tiempo del recomendado acaban haciendo el ridículo con generalizaciones del tipo de «todo el mundo piensa que…» Claro, desconocen lo que ocurre fuera de su respectiva burbuja.

Sabedores de esta situación, la mayoría de las formaciones políticas aplican en estas fechas la estrategia de un mensaje al día en declaraciones por la mañana y un acto por la tarde a buena hora para que pueda abrirse hueco en los informativos. El resto del tiempo lo dedican a besar a quienes salen de las tiendas o a llevarle las bolsas a los que van cargados por cualquier calle. No hay más.

Los políticos que salen en los carteles, que son los que tiran del carro de sus respectivas estructuras, lo hacen conscientes de que cada uno tiene su pasado y, además, también un futuro más o menos largo que se juegan en las urnas. En estos casos la norma que aplican es la de ignorar su propia trayectoria señalando al contrario para así distraer a la concurrencia que, por cierto, tiene memoria y sabe perfectamente de dónde viene cada uno.

Hace tiempo que las campañas electorales dejaron de ser lo que fueron. La ilusión por cambiar el voto en estos días ha mutado en andar con pies de plomo para no meter la pata y quebrar las expectativas que vaticinan las encuestas. Los programas electorales han pasado a ser catálogos de vaguedades y frases con doble sentido para interpretar lo que más convenga una vez pase el recuento de las papeletas. Nada es como era.

Así pues, quedan días cansinos en los que se buscará aquello que quiebre el rumbo de la campaña electoral; si no, todo entrará dentro de lo previsible y el ciudadano de a pie respirará aliviado en el amanecer del 18 de mayo por saber que todo ha pasado, que hay un año de tregua hasta la llegada de las municipales que, como siempre, entrarán de lleno en la Feria de la Salud y veremos a los candidatos comer arroz como si no hubiera un mañana de recepción en recepción, de caseta en caseta.

Si usted puede (yo no) desconecte, por favor. Se lo digo por su salud e, incluso, por su integridad. No le digo que ignore a los políticos pero sí que los mire de reojo. Y si le dan dos besos al salir de una tienda responda con educación. Creerán que han ganado un voto.