Nadie que esté en su sano juicio, menos un cristiano, sería capaz de afirmar que los evangelios son un cuento de hadas.

El lenguaje reúne características muy profundas. Nombrar las cosas, las circunstancias, las personas, son una parte preciosa del juego de la vida. En la Biblia -en el Génesis- encontramos que Dios dio al hombre el poder de dar nombre a todo aquello con lo que se iba encontrando. Nombrar es una acción muy próxima al misterio de la vida, del alma, de la persona y del mundo. ¿Un cuento de hadas el Génesis?

Hacer consciente esta función del lenguaje como parte misteriosa de la vida, hace que uno pueda entender o intuir, la gran conexión que puede darse entre las palabras, sus significados y así tal vez terminar -como el autor del artículo- respondiendo afirmativamente a la pregunta que le da título.

En el precioso discurso «Dar la palabra» que la escritora Carmen Martín Gaite pronunció en la ceremonia de entrega de los premios Príncipe de Asturias de 1988 dijo: «En los cuentos de hadas, donde las situaciones prodigiosas están tratadas como si fueran la cosa más natural y cotidiana, un príncipe se admite que pueda dialogar de igual a igual con ermitaños, leñadores, hechiceras, animales dotados de palabra sentenciosa y caminantes desharrapados que se lanzaron al mundo en busca de aventura y no llevan en el zurrón más que una manzana y un mendrugo de pan.»

Un caminante lanzado al mundo@fromthetree

¿Y si fueran algo real? ¿Y si son expresión de algo más profundo que emana del mismo territorio de donde nacen las palabras? El mismísimo Dios —el creador de todo según el Génesis, el gran Rey que espera a que vuelva el hijo pródigo según la parábola— se ha abajado a la tierra y se ha hecho carne para acompañar al hombre aventurero en un trecho de su camino. Bien mirado, la historia de la humanidad podría definirse así como la de unos caminantes desharrapados lanzados al mundo en busca de aventura sin muchos más instrumentos que un zurrón medio vacío que llevan por brújula y guía.

Qué ternura, madre mía, en un contexto así tener un Dios con el que dialogar de igual a igual.

Continúa la escritora en su discurso: «Esta retórica de lo maravilloso ayuda a tejer sueños capaces de sacar al niño de un mundo que a veces le resulta duro de habitar y difícil de entender, ya sea por la falta de perspectivas a que le reduce su miseria, ya sea por el aislamiento a que le condena su instalación en el jardín encantado adonde difícilmente llegan los zarpazos de la realidad más abrupta.»

Dios y la historia divina nos ofrecen la posibilidad de salir del sueño de los tontos e introducirnos en el cuento de hadas donde la realidad suscita asombro por su infinitud, donde no hace falta controlarlo todo, donde el tiempo se dedica al encuentro con personas, situaciones y circunstancias que nos alimentan en su infinita variedad. Dejar a Dios ser Dios. Qué inteligente.

Ahora sí: ¿Es el Evangelio un cuento de hadas?