Adelante Andalucía ha puesto en marcha un anuncio electoral de defensa de la charo, es decir, de la mujer madura, feminista, con todos los clichés izquierdistas, pelo corto y teñido con colores llamativos. Lo protagoniza la candidata al parlamento andaluz por Córdoba, la prieguense Mariví Serrano quien, teóricamente, reúne todas las características propias de la charo común. Pero hay algo como que no...

De un tiempo a esta parte, los partidos de izquierdas parecen reivindicar esta figura, que empezó a popularizarse a principios de la década pasada, para integrarse en unos años como parte del vocabulario cotidiano. Su sencillez y precisión para describir hacen de ella un verdadero hallazgo del idioma. ¿Quién será su autor? Pero esta defensa que se realiza, en realidad, ¿a quién quiere proteger?

Y es que la charo nace, y luego el contexto la moldea, pero de ningún modo se hace, y menos a sí misma. Durante lustros, la charo no era consciente de serlo. Mariví Serrano no sólo se autocalifica como tal, sino que hay algo que chirría. La ropa no es esa. Y el color del pelo es demasiado rebuscado para dar la imagen, muy brillante, escogido especialmente en la peluquería. La ordinariez está igualmente forzada. Digamos que no es una charo, sino una mujer disfrazada de charo. Una falsa charo.

Como la mariposa hoja seca, el insecto palo o la mosca cernidora, la falsa charo adopta la forma de charo para atraer electores. Y he aquí donde la izquierda cae en una espiral de hipocresía. La charo no le basta. Apuesta por la imitación de la charo.

La falsa charo tiene su puntito hipster, un toque intelectual, se aparta de lo popular y emplea su aspecto para menesteres más partidistas, burocráticos e institucionales. Ya no es la charo vernácula, la de manifa, la que genera a cien metros, con su mero atisbo, zozobra y desazón en un hombre conservador, sino una charo de laboratorio, montada a propósito por un puñado de expertos en publicidad y posicionamiento. Estas falsas charos no son nuestras charos.

Si bien el hombre conservador puede hacer mofa de la charo, también la comprende y la entiende como una madre desviada a quien alguien hizo daño. El rechazo va unido a un puntito de ternura. La charo no se dio al alcohol ni a la infidelidad ni al bingo. Se aferró a una ideología y a un grupo de atolondradas amigas. Siempre hay esperanza para ella. Pero, ¿la falsa charo? Su alma es puro argumentario y la poltrona el único objetivo.

Y así, la izquierda, alzando a las falsas charos, construidas ex profeso, por encima de las charos comunes, se convierte en la máxima expresión de rechazo a la charo. En realidad la quieren borrar para poner en su lugar a la charo programática.

El hombre conservador acepta a la charo, y pese a la contrariedad que le causa su carácter le desea lo mejor: que consiga salir de la charía a la que se vio abocada por avatares de la vida, una especie de deformación de los rasgos populares tradicionales. Es la izquierda la que sibilinamente aborrece a la charo y pretende su sustitución por su odio al pueblo.

De pronto, la charo cuenta con otra charo como máxima rival, una charo de postín, prefabricada, fría, sin alma. Y es entonces cuando se da cuenta de que el enemigo siempre estuvo en casa.