Hay dirigentes que administran clubes. Y hay otros que construyen sueños. José García Román pertenece a ese segundo grupo. En tiempos donde el deporte parece cada vez más frío, más empresarial y más alejado de la gente, Córdoba tuvo la fortuna de encontrarse con un tipo capaz de convertir una ilusión de amigos en un sentimiento colectivo.

Porque el Córdoba Patrimonio no nació desde el poder ni desde las grandes inversiones. Nació desde la pasión. Desde aquellas conversaciones de vestuario, desde las noches de maratón veraniego, desde esa fe inquebrantable de quienes crecieron amando el fútbol sala en esta ciudad y se negaban a aceptar que Córdoba no pudiera mirar de frente a los mejores.

Y lo consiguieron.

Primero fue aquel Itea Córdoba que empezó a abrirse paso entre dificultades, kilómetros y presupuestos imposibles. Después llegó el milagro de Mengíbar. Aquel día no solo ascendió un equipo. Aquel día ascendió una ciudad entera. Córdoba entraba en los grandes pabellones de España. Entraba en el mapa del mejor fútbol sala del mundo. Y lo hacía desde la humildad, desde el trabajo y desde una identidad profundamente cordobesa.

Claro que cuando uno sube, aumentan las críticas. Siempre pasa. Cuanto más alto llegas, más ruido aparece alrededor. El deporte moderno vive demasiado pendiente de la exigencia inmediata y demasiado poco del valor de lo conseguido. Pero ninguna crítica podrá borrar jamás lo que significó ver a Vista Alegre lleno hasta la bandera animando a un equipo que sentíamos nuestro. Ninguna podrá negar la emoción de aquel gol de Lolo Jarque en Mengíbar. Ninguna podrá arrebatarnos el recuerdo del tanto de David Leal al Barça, porque en esos momentos muchos nos sentimos ahí abajo, representados.

Nos vimos reflejados todos los que alguna vez nos pusimos unas medias para jugar un torneo de barrio. Todos los que hemos sudado en una pista de colegio. Todos los que crecimos soñando con que el fútbol sala cordobés merecía algo más que sobrevivir. El Córdoba Patrimonio consiguió algo muy difícil en el deporte actual: pertenecerle a la gente.

Por eso hacen falta más tipos como García Román. Gente capaz de arriesgar sin garantías. De creer cuando nadie cree. De levantar proyectos no para alimentar egos, sino para darle vida deportiva y emocional a una ciudad.

Nadie ha llegado a mañana y el deporte, como la vida, siempre acaba cambiando de pantalla. Pero hay historias que ya son eternas. Y la de aquel grupo de amigos que llevó a Córdoba hasta la élite del fútbol sala español ya forma parte de la memoria colectiva de esta ciudad.

Gracias, García Román.