No hay dos Ferias de la Salud exactamente iguales. Siempre hay matices que las diferencian, que hacen que las recordemos por ese hecho concreto que la singulariza. En el plano personal tenemos la memoria de aquella noche, de aquella comida, de aquella compañía.

De forma colectiva, también hay rasgos concretos que le dan una personalidad propia a la Feria de la Salud. ¿Alguien ha olvidado la ilusión con que la pisó por primera vez en El Arenal en 1994? ¿Acaso no se echan aún unas risas con aquel año que el recinto se llenó de molestas palomitas? ¿O aquel otro en el que se levantó tal polvareda -«Prefiero el polvo al barro», afirmó el inefable Marcelino Ferrero en una inolvidable entrevista- que parecía una niebla masticable?

El atractivo del año siguiente no fue otro que el cloruro de calcio, el milagroso producto con el que Sadeco regaba cada dos por tres el albero para que no se levantara el polvo. Rara era mesa o la barra de la Feria en la que no había simultáneamente dos o tres expertos de los buenos que lo sabían todo sobre el cloruro de calcio, como si fueran tertulianos.

Mientras el abandono de las orillas del rio va cada año a peor, es cierto que en los últimos años se han ido solucionando problemas. El año pasado se estrenó un nuevo sistema de drenaje para enviar encharcamientos, este año hay una primera entrega de casi 160 árboles nuevos, de los que aseguran -palabrita del Niño Jesús- que estos sí van a crecer y dar sombra, no como aquellos que se pusieron hace más de 30 años y que siguen prácticamente igual.

Mientras la sombra natural llega a El Arenal se han optado por unos toldos que son la principal atracción de este año. Dicen que cubren más del 80 por ciento de las calles del recinto pero lo mejor de todo será el momento de abrirlos y cerrarlos. Esto puede crear tendencia. El Ayuntamiento ha dispuesto de una partida de 14.000 euros para haya alguien encargado de correrlos cuando empiece a apretar el calor y de descorrerlos cuando el sol se vaya. No será extraño ver grupos convenientemente aliñados de rebujito esperando que aparezca el propio que se encarga de tirar de la cuerda oportuna. Nueva tradición. Otra seña de identidad de la Córdoba de hoy. La Feria no ha hecho más que empezar pero ver esa operación merece que le toquen, como poco, la Marcha Real.