Conducir mal y votar mal son peligrosos no solo para quien lo hace, sino también para terceros inocentes."Bryan Caplan

La resaca electoral sigue pasando factura a gran parte del sistema político que, atendiendo a la realidad económica y social, sigue sin entender parte del resultado de los pasados comicios en Andalucía, ya que sus expectativas, las de los diferentes integrantes del arco político, eran diferentes, por lo que cabe preguntarse: ¿por qué no han conseguido su objetivo todos y cada uno de los partidos políticos? ¿Mal enfoque de campaña? ¿Candidato no adecuado? Más bien, soy de los que opinan que se atribuye como parte del comodín que siempre usan los partidos para construir el discurso posterior a las elecciones, que, en ocasiones, pivota en torno a la racionalidad o irracionalidad de los votantes, confiriendo maldad a su adversario político por jugar con esa racionalidad e irracionalidad del votante para tejer discursos que lo hagan decantarse por una idea política u otra independientemente de si es mejor o peor para la sociedad o para la economía. ¿Les suena? Efectivamente, todos hacen lo mismo.

En el año 2007 el profesor de economía Bryan Caplan publicaba un libro titulado como este mismo artículo, El mito del votante racional, en el que desafía la noción de que los votantes son personas razonables en las cuales la sociedad puede confiar para crear leyes. Con motivo de las elecciones del pasado domingo, innumerables medios de comunicación a lo largo de la semana han inundado las redes con encuestas, entrevistas, sondeos e infinidad de medidas propuestas por los distintos partidos políticos que se presentaron a las elecciones en Andalucía. ¿Es realmente el mejor partido para la economía de un país el que gana las elecciones? ¿Realmente los votos dependen de las medidas que un partido publica en su programa? ¿La gran mayoría de los votantes son y deciden de manera racional?

El economista Bryan Caplan defendía en su libro que los ciudadanos mantienen sesgos sistemáticos que los llevan a tomar malas decisiones políticas. Y es cierto que el votante medio conoce poco sobre economía, instituciones o política internacional. Pero quizá el verdadero mito contemporáneo no sea el del votante racional, sino el del votante irracional. Porque en política no solo se discuten datos; se discuten valores. Dos personas pueden conocer los mismos hechos y llegar a conclusiones distintas porque priorizan cosas distintas: seguridad o libertad, igualdad o mérito, identidad nacional o cosmopolitismo. Sin embargo, cada vez es más frecuente confundir desacuerdo moral con ignorancia. Si el ciudadano no vota lo que ciertos expertos consideran razonable, entonces se concluye que está manipulado, desinformado o actuando contra sus propios intereses.

Un votante puede estar en profundo desacuerdo con una medida económica o política y, además, tener el conocimiento necesario para argumentar y defender ese desacuerdo frente al que piensa diferente. Sin embargo, el que tiene enfrente, el votante irracional, vacío de argumentos, lleno de sentimientos y de una soberbia moralidad, señalará que está equivocado y manipulado por el partido político al que apoya o por la corriente de pensamiento que defiende. Y ahí es cuando observamos cómo la irracionalidad se apodera de la mayor parte de las discusiones políticas y económicas en nuestro país, ya que muchos clubes de fútbol querrían ver en sus hinchas el fanatismo que muchas personas profesan a los diferentes partidos políticos. En España es más probable que alguien cambie de equipo por las malas gestiones deportivas que que alguien cambie su elección electoral por una pésima gestión del partido al que votó.

Aterrizando, hemos llegado a tal punto de manipulación política, ignorancia e irracionalidad ciudadana que ya los datos no importan, la teoría económica no tiene peso y, como contraparte, el relato lo es todo; el relato se ha comido a los datos, por lo tanto, con pena e inquietud, afirmo que han cambiado las tornas… El dato ya no mata al relato, sino al contrario.