No deja de ser un hecho anodino, por no decir único, el que se pueda leer la novela de un todo Doctor de la Iglesia como es el caso de John Henry Newman. Para hacer honor a la verdad ha de decirse que doblemente porque en él encontramos una primera novela Loss and Gain (1848) y una segunda novela, en la que me centraré, como es Calixta (1855). Puede que sea veleidad el aplicarse a un género tan poco valorado dentro del ámbito intelectual o ponerse a la altura de indocumentados tipo Dickens o nuestro Cervantes. Pero lo cierto y verdad es que nuestro Neo-Doctor de la Iglesia expresa tanto de su pensamiento en sus dos novelas que estas se constituyen en lectura obligatoria para todo católico que se precie.

Ambientada en uno de «esos minúsculos lugares de espantoso nombre africano que dejan sin respiración al historiador de los concilios de la Iglesia», la novela es toda una llamada de atención de lo que Persio o Quintiliano declamaron como «inteligencia desgraciada de los hombres» y «ciegos corazones». El drama viene dado por unos habitantes de Sicca, que así se llama la ciudad-escenario de la novela, que no saben o no quieren interpretar «los signos de los tiempos y de las cosas que Él, con toda intención, ha dispuesto en los cielos». El sempiterno drama de aquellos que, «al ver escrito en la etérea pared del cielo ‘Mane Tecel Fares’», «son incapaces de leerlo» o de acudir a un intérprete «acostumbrado a tratar con los ángeles».

El hipotético y curioso galán – coprotagonista y no «héroe de tragedia» –, que no deja de cuestionarse: -«¿es que conociendo la Verdad nunca voy a poder sentir su consuelo?», de repente experimenta «un medio ataque o medio golpe que le atravesó el corazón» por la intervención de su Ángel de la Guarda: «Alégrate hombre solitario […] hay Alguien a quien sí le importas». Aunque parece que este ser espiritual empieza a adquirir la forma de una bella actriz griega, Calixta, capaz de hacer «el papel de Alcestis, cantar los versos de Cleantes, improvisar un himno sobre la primavera o mantener una conversación sobre el pulchrum y lo utile». El galán suspira: -«Una bonita voz, un aspecto noble, un rostro expresivo, modales refinados ¿era todo síntoma de tener la gracia divina?»

Pero, hete aquí que el galán, envalentonado, recibe calabazas. La bella actriz griega está en pleno y raro escarmiento: -«¡Qué decepción […] cuando me di cuenta de que pensabas en mí y me mirabas como cualquier otro! […]Yo creía que tú sí podías darme algo, lo mejor de todo; pero fue un sueño, una sombra. Bah, no tienes nada que darme. No has hecho más que devolverme otra vez a mi tristeza, a mi angustia, a las peores heridas de mi pasado». En resumen, «le acusaba de poner tanto empeño en conseguirla para él y no poner ninguno en ganarla para su Creador».

La cuestión es que la protagonista habrá de vérselas ahora con un sacerdote – eso sí, nada galante -. Nuestra protagonista suspira por «un amor, un amado» a la par que se duele porque sea «pura idea»; el contraste de «una pasión tan potente, tan nueva, tan inocente, tan absorbente que expulsa otros amores, tan duradera… y, sin embargo, todo eso es por Alguien a quien no ves». La respuesta del sacerdote a tal compendio de disquisiciones pasa por entregarle un pergamino.

Con lo dicho hasta el momento es obvio que el lector si pudiese preguntaría a la protagonista: -«¿Cómo te mueves, por impulsos, a base de sentimientos, fantasía, pasión, o racionalmente?». Ella solo sabe que su único anhelo es «una amistad, un amor mutuo de persona a persona». Nuestra pobre protagonista «no sabía cómo sacarse partido a sí misma; siempre le había pasado lo mismo en su corta vida». Es obvio que «tenía afectos ardientes, enorme sensibilidad, altas aspiraciones, pero no había tenido suerte al aplicarlas». Pero todo cambia al leer por primera vez el pergamino que le fue dado y recordar unas palabras que le transmitió el sacerdote: Amor meus crucifixus est.

Lo demás es simple y llana valoración: «Ayer hambrienta y sedienta, anhelando un objeto digno del alma espiritual; hoy gozando del éxtasis inefable del Banquete de Bodas del Emmanuel. Ayer zarandeada en un mar de opiniones, hoy poseída por la Verdad que no pasa y la Santidad que no cambia. Pero ella no es más que un caso entre diez mil de la Gracia Todopoderosa y Multiforme del Redentor».

Post data: Este que escribe cambia lo frenético de los lunes por lo pacífico de los domingos. Nos emplazamos, pues, para el próximo Día del Señor.