Uno de los desafíos recurrentes del turismo en Córdoba ha sido, y continúa así, el de aumentar las pernoctaciones, en una ciudad que es el destino para el recorrido de una jornada breve que acaba con los visitantes durmiendo en Sevilla o Málaga, capitales con mayor oferta nocturna, entre otros innegables atractivos. Al reto de las pernoctaciones se le ha sumado tradicionalmente el de la desestacionalización turística, con un verano poco amable en lo que a las altas temperaturas se refiere (y con una dinámica informativa apocalíptica en ese sentido, que espanta más que informa) en una ciudad que lo ha dado todo durante abril y mayo, quedando como a la espera de que finalice el estío y recibir a todos los que regresan de la costa para seguir mostrando su belleza patrimonial.

Es justo ahí donde desde hace algunos años entra la oferta musical, para hacer de los meses de baja temporada algo más atractivo, con un mercado, el de los festivales y conciertos, que está viviendo una auténtica edad dorada, sobre todo después de la pandemia.

Así, el Ayuntamiento y la Diputación Provincial decidieron promover esa oferta con distintos festivales organizados desde la iniciativa privada pero apoyados y subvencionados públicamente, dado que las administraciones entienden que esa ayuda repercute de manera positiva en la economía local y en distintos sectores, sobre todo el turístico.

Esto, que es algo habitual en muchas localidades españolas y no necesariamente capitales de provincia, no ha sido visto con buenos ojos por las voces críticas, tanto del ámbito político como también de parte del sector privado, porque además en la idiosincrasia cordobesa está casi genéticamente inscrita la parálisis por análisis, la sospecha habitual y el reproche estructural. Sobre todo, y en este caso, cuando del terreno cultural se trata, con una izquierda que entiende que es cortijo propio y que el centro derecha solo está para pagar y callar. Pagarles a ellos, claro, que son los que dicen saber.

A esto hay que sumar un centro derecha pacato, acomplejado en este sentido y que suele caer siempre en la misma trampa de mirar a los autoproclamados gerentes culturales como adversarios a quienes puede utilizar contratándolos y de paso asegurándose un apoyo electoral que, para sorpresa de nadie, nunca llega. Y que en muchas ocasiones, también hay que decirlo, no elige a los mejores compañeros de viaje en la tan cacareada colaboración público privada.

Ocurre además que las buenas iniciativas , y las de los festivales lo son, se ponen en marcha más con un sentimiento de urgencia y pequeñez provinciana que desde un pausado, profesional y eficiente estudio de mercado, consenso sectorial y análisis estratégico. Parece que acaba primando el ‘ahora yo más’ . Y así tenemos que dentro de dos fines de semana actúan en un mismo viernes dos grupos en diferentes escenarios (Plaza de Toros y Arenal) con un tercer artista el sábado que además deberá competir con la Noche Blanca del Flamenco, otra de las citas para el ocio y el reclamo turístico del estío cordobés.

O sea, que hemos pasado de ser casi un páramo cultural veraniego a no tener espacio en la agenda para tanto artista. Igual es un problema de ajuste y en sucesivas ediciones las coincidencias se evitan y la oferta, de verdad, se diferencia una de otra. Porque si no la Córdoba de los festivales puede morir de éxito antes de arrancar. Y regresarán tarde o temprano los que nos obligan a estar en verano de verbena en verbena popular mientras ellos disfrutan del Icónica Fest sevillano.