Santidad:

Ya en plena vorágine de su Visita a España me tomo la libertad de dirigirle estas palabras desde Córdoba la Llana. Decía el filósofo Manuel García Morente que «un buen escritor de biografías no se limita a contar lo que el protagonista hizo; procura también decir cómo fue, descubrir su alma, su espíritu, el centro creador de donde nacieron todas sus acciones». La cuestión ahora está, Santo Padre, en el estado del alma del españolito/a de a pie que lo recibe y la descripción que del mismo se pudiera hacer. Conste en acta, que un servidor no se excluye de la descripción.

De nosotros han dicho, Santo Padre, que hemos sido y que seremos siempre cristianos. Que, incluso, «no le es fácil al español ser español y no ser cristiano». Precisamente una de las características con las que hermoseaba ese «ser cristiano» era, según algunos, el «no conocer el resentimiento» ya que el resentimiento es «defecto natural de almas reptantes o trepadoras». Y sin embargo, cuánto se ha atizado ese resentimiento en pro de hipotéticas memorias tanto «históricas» como «democráticas» o en el blanqueamiento y justificación de pasados terroristas.

Otra nota, al parecer, era que «el español no reconoce gustoso más jerarquías que las fundadas en valores personales». Es más, se dice y con razón que somos «difíciles de gobernar» y que solo obedeceremos a «un jefe que tenga las condiciones personales, físicas, morales, intelectuales o metafísicas del auténtico jefe». Y sin embargo cuánta corrupción política multicolor, cuánta dispersión y micronacionalismo y cuánta apatía hacia la política en sus versiones de desinformación y aversión y pasotismo hacia cualquier tipo de asociacionismo. Además, para colmo, qué fácilmente manipulables nos han hecho y nos hemos dejado hacer.

También se ha dicho que «la característica del alma española se manifiesta en un matiz original y propio […] el realismo de la fe». En principio eran ajenos a nuestras almas tanto un mero subjetivismo religioso sentimental – la fe no es una emoción sentimental - como un simple racionalismo idealista porque entendemos o, mejor dicho, entendíamos las verdades de fe no como «símbolos creados por necesidades del pensamiento, sino como realidades plenas de sustancial objetividad más cierta aún e indubitable que la del mundo mismo y la del mismo yo». Y sin embargo, Santo Padre, como han tenido que recordarnos no hace mucho no estamos muy lejos de «un reduccionismo ‘emotivista’ de la fe» que nos conduciría inexorablemente a convertirnos en consumidores «de experiencias de impacto y buscadores insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual».

Si un lugar preferente de nuestras almas siempre ha sido ocupado por una más que acendrada devoción a la humanidad de Jesucristo, tan claramente manifiesta en nuestro Barroco, por la que no podíamos distinguir fácilmente entre la doctrina y la persona de Cristo; cuán triste es vernos ahora tan deudores de sentimientos y emociones como para llegar a tener repugnancia al Misterio de la Cruz. Es triste haber huido de algo tan nuestro, por ignaciano, como el discernimiento entre estados consolación y desolación del alma, de la santa indiferencia en la elección de vida y del deseo de servir a Dios como fin primero y principal al que todo se subordina. Por no hablar del olvido de la purificación de los sentidos en las «noches del espíritu» de santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz.

Santidad, créame, nuestro problema no es sólo un tal Pedro Sánchez.

¡Feliz estancia entre nosotros!