Pablo Iglesias, en declaraciones a RNE, se atribuyó recientemente el protagonismo en la moción de censura que terminó aupando a Pedro Sánchez a la presidencia del Gobierno. En su autobombo dijo que los de Podemos engañaron al PNV y a Ciudadanos con argumentaciones oportunistas para que triunfara la moción, concluyendo que, con el cambio de Gobierno, «estaba ya herido de muerte el sistema político del 78».

La descomposición actual del sanchismo puede deberse a esa voluntad torticera de hacer saltar el régimen de concordia surgido de la Transición democrática. Socialistas de inequívoca trayectoria progresista, a los que las cloacas sanchistas tildan de fachas, van poniendo negro sobre blanco cómo el empeño de Pedro Sánchez era cambiar el orden constitucional, desde la propia cúspide del Gobierno, prostituyendo sus principios fundamentales e involucrando a altas instancias de los distintos poderes en el andamiaje de su obra destructiva. Por ello advirtieron del peligro que, para el partido y para España, supondría el acceso de Sánchez al poder.

El nivel de los escándalos de corrupción es tan insoportable como acreditan los casos más recientes de Zapatero y Leire Diez, constatándose la degradación y los procedimientos mafiosos empleados por una cloaca que intenta sabotear investigaciones que afectan al propio partido, al presidente y a su familia. La máquina del fango, a la que se refería Pedro Sánchez tras sus cinco días de reflexión, en realidad estaba auspiciada «sin límites» por él mismo, al que se refiere la cloaca como el «jefe» o «number one».

Desde que Zapatero suscribió el pacto del Tinell con la izquierda separatista y el neocomunismo de Cataluña, el deterioro político culmina con el sanchismo, al que definen dos características: una, que utiliza métodos mafiosos como una banda que asaltó primero al PSOE y después está intentando hacerlo con el Estado. Y otra, que se trata de una criatura monstruosa, bautizada por Rubalcaba como Frankestein, integrada por los enemigos de la Constitución y de la soberanía nacional a la que pretenden herir de muerte como anunciaba Iglesias.

La historia del PSOE es tan larga que ha incurrido en múltiples contradicciones, como toda obra humana en la que sobreviven dos almas o tendencias. Recordar los aciagos episodios de hace casi un siglo, que llevaron a la confrontación civil de los españoles, siempre es positivo si se hace con ánimo constructivo y voluntad de no repetirlos. Los constituyentes socialistas liderados por Felipe González tuvieron la dignidad de sellar un pacto de convivencia que superara una España dividida y enfrentada. La llamada memoria democrática del contador de nubes y acaparador de bienes Rodríguez Zapatero, llevada al límite por Pedro Sanchez, ha ocasionado una parcial revisión de la historia que, por lógica elemental, está produciendo reacciones justificadas en sentido contrario, resucitando en el debate a los dos bandos protagonistas de la confrontación civil de tan triste memoria.

La historia está para aprender de ella. A algunos les puede satisfacer recordar los horrores vividos por sus antepasados y la atribución de su responsabilidad a quienes no piensan como ellos. Otros piensan que esa búsqueda indefinida de culpables e inocentes no saciará nunca los deseos de quienes ven enemigos allí donde solo hay adversarios políticos. Y esa obsesión divisiva de buenos y malos le permite a Sánchez convencer a sus fieles con la socorrida cataplasma de que, al menos, no gobierna la derecha, a la que tildan como compendio de todos los males.

El Génesis nos enseña que mirar hacia atrás para contemplar el mal, como hizo la esposa de Lot, no es una medida adecuada para construir el futuro. Quienes piensan que el régimen de la Transición está herido de muerte y que recrear la memoria con actuaciones cainitas vituperables, de uno y de otro signo, es lo más adecuado al momento presente, hacen un flaco favor a la convivencia de los españoles, que no pueden ser víctimas, en su gran mayoría, de mentes polarizadoras y frentistas. Por ello, porque el sanchismo, en su obsesión divisiva de los españoles, quiere romper la concordia política y la convivencia social, debe congratularnos que la justicia aún funciona en España y la policía judicial, tanto la UCO como la UDEF, cumple su misión a pesar del obstruccionismo mafioso de algunos mandos.

Gracias a quienes cumplen con su obligación, por mucho que intenten torpedearla, y a la mayoría social civilizada, el intento de acabar con el régimen de la Transición, con el que tantos españoles de bien se comprometieron, es por ahora un intento fallido pese a los movimientos que lidera Pedro Sánchez, discípulo aventajado de Largo Caballero, al que como a él no le gusta ni la democracia liberal, ni el parlamentarismo, ni el control de legalidad. Y pese a que nos llevará a situaciones límite, al final el principio de legalidad y la dignidad nacional lo colocarán en el lugar que merece su ambiciosa y sinuosa trayectoria.