Al margen de lo que resulte de las investigaciones judiciales que les afectan, resulta evidente la falta de respeto de nuestros dirigentes a las responsabilidades derivadas de sus actos políticos. Sin tener que buscar en otros países democráticos más alejados, en noviembre de 2023 el jefe del ejecutivo portugués Antonio Costa presentó su dimisión porque su jefe de gabinete se vio involucrado en una investigación por tráfico de influencias, corrupción y prevaricación. En España, Pedro Sánchez pretende seguir embaucando a propios y extraños como si un ministro, dos secretarios de organización y miembros íntimos de su entorno familiar fueran para él auténticos desconocidos.

Que España ha ido perdiendo los comportamientos y contrapesos propios de las democracias es tan cierto como que una masa ingente de incondicionales, algunos bien pagados y otros abducidos, pretendan vender a un país alarmado una limpieza y una trayectoria que no se compadece con la realidad. Y cada vez que un ministro, un periodista amigo o un significado conmilitón pretende vender la burra ciega de una honestidad ausente, el cabreo de la calle sube de decibelios, más aún en un momento donde la campaña de la renta llama a la puerta de quienes sostienen con sus impuestos una nación plagada de sectarios y oportunistas.

Mientras se dilapida el dinero público para comprar voluntades, la clase media se va empobreciendo a marchas forzadas, con una inflación que reduce su poder adquisitivo al no estar deflactada en el IRPF. La situación es tan improcedente que la diferencia entre los ingresos de quienes tienen trabajo y de los que gozan de prestaciones sociales son tan exiguas que explica, en gran parte, el por qué hay tantos empleos marginados por quienes no quieren trabajar.

Estamos en la última fase de una legislatura fallida, inundada de escándalos y corruptelas donde, lejos de facilitar su esclarecimiento y persecución, los constructores de muros excluyentes entre españoles se empeñan en abrir una competición sobre quién es más corrupto, esparciendo toda la porqueria que la sociedad ha tenido que soportar en diferentes periodos. Ampararse en la corrupción de otros no libera de la responsabilidad derivada de la propia. Y resulta paradójico que quienes se alarmaban por 200 euros que costaron unos trajes regalados, defiendan a capa y espada, con el más inverosímil argumentario, el regalo oculto de unas joyas valiosisimas.

El presidente de la República Niceto Alcalá Zamora decía que el camino del deber se encuentra enfrente del sendero del egoísmo. Muchos que presumen de solidaridad y desprendimiento se han entregado a una carrera sin freno para enriquecerse sin miramientos. Y a algunos no le ha importado poner en riesgo los intereses nacionales y el futuro económico de una nación con esos contactos y negocios en países totalitarios a los que tanto ha ocupado el tiempo de Rodríguez Zapatero. El liderazgo de Sánchez en el populismo del Grupo de Puebla, el costo del mismo y los contactos oscuros con las dictaduras china y venezolana de su guía espiritual pueden provocar su caída porque en España todavía hay un Estado de derecho, por mucho que se haya intentado, desde posiciones de poder, chantajear y proscribir a jueces, fiscales, policías y prensa libre.

Zapatero sonreía, y Sánchez aplaudía, mientras decía aquello de en qué consiste ser socialista. Ahora conocemos que en realidad, como tantas veces ocurre con esta gente, la interpretación correcta era al revés: consiste en esconder lo mucho que se rapiña y lo poco que se da, todo ello envuelto en bonitas palabras. Y como Sánchez se regocija y solidariza mostrándole su apoyo, hay quien dice que si cae uno, cae el otro, porque compadrean en todo lo que ocultan.

Conocida es la profecía sobre el destino de algunos cuando llegue San Martin. Y como la sátira de los clásicos nos enseñó, no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. Zapatero sabe la certeza de lo anterior y Sánchez tendrá que experimentarlo. Rodríguez Zapatero sonreía mientras dejaba a España arruinada, al borde de la intervención. Y sonríe ahora cuando entra y sale de los juzgados para declarar como investigado por graves delitos. Y Pedro Sánchez se ríe de todos los españoles, haciendo lo contrario de lo que prometió a sus electores. Ahora, como entonces, nos hacen muy poca gracia las sonrisas de Zapatero. Y menos aún, las mentiras de Pedro Sánchez. Esperemos a San Martín.