En la comunicación de crisis, reconocer el problema y disculparse es uno de los primeros deberes de quien debe dar explicaciones a la opinión pública. Miguel Ruiz Madruga, presidente de Sadeco, la empresa municipal de saneamientos de Córdoba, habló esta semana de crisis y pidió disculpas a los cordobeses por los contenedores desbordados, la insalubre imagen repartida prácticamente por toda la capital, con bolsas de basura y enseres sobre el acerado, y el cabreo generalizado de los contribuyentes. Basta darse una vuelta por las redes sociales para comprobar, con abundante material gráfico, el alcance de la situación y de los ánimos expresados.

Otro de los aspectos fundamentales en la comunicación corporativa, cuando aparece una crisis —y esta siempre llega—, es decir la verdad. La honestidad es rentable. No solo desde el punto de vista comunicativo, porque sitúa al emisor en un plano de confianza con su público. También porque le otorga credibilidad, autoridad moral y legitimidad. Y, sobre todo, porque hoy resulta muy difícil ocultar la realidad. Por eso debemos señalar que, cuando el señor Madruga —o su equipo de comunicación— situó el origen de la crisis de los contenedores saturados en mayo de este año, por problemas con la flota de camiones, estaba faltando, cuando menos, a la verdad. Los cordobeses llevan padeciendo esta situación desde mucho antes, lo que añade elementos a una mala estrategia comunicativa: la respuesta ha llegado tarde. Y el efecto ha sido justamente el contrario al deseado. El enfado ha ido a más. De nuevo, basta con leer los comentarios en las redes sociales y escuchar lo que se dice en los barrios. O comprobar sencillamente que el problema no está solo en los contenedores ya que es fácil ver el desbordamiento de papeleras , el descontrol de hierbas y maleza en el casco urbano o el mantenimiento y limpieza de plazas y jardines , especialmente en el centro.

No obstante, habrá que esperar con ánimo constructivo al mes de plazo que se ha dado la gerencia para resolver una situación que parece apuntar a algo más que una flota prontamente obsoleta —adquirida en 2018—. Cuesta creer que una empresa con cerca de 900 trabajadores y un presupuesto cercano a los 73 millones de euros en 2025 padezca únicamente ese problema. Uno de ellos lo señaló el propio Madruga en su comparecencia: siguen rigiéndose por modelos de hace diez o veinte años. Y la ciudad, obviamente, ha cambiado. Otro, no menos preocupante, es el sospechoso silencio de unos sindicatos siempre tan preocupados por la calidad de los servicios públicos. Parecen instalados en el «cuanto peor, mejor». Y eso, a menos de un año de las elecciones municipales, debería obligar a tomar medidas efectivas. La falta de limpieza se lleva por delante más equipos de gobierno que la corrupción política.

Pero, sobre todo, lo que debería mover a los responsables no es el electoralismo, sino el compromiso con los cordobeses que padecen este despropósito y con una ciudad patrimonial que no merece el lamentable espectáculo de calles desbordadas de basura, aceras llenas de mugre y una insalubridad generalizada que, precisamente por excepcional, no se comprende.