Hay una frase que se me quedó rondando la cabeza hace unas semanas. Ni siquiera sé si quien me la dijo era consciente de que me la estaba regalando para mucho tiempo.

«Hay que tener memoria agradecida».

Desde entonces me he sorprendido volviendo a ella más veces de las que imaginaba.

Porque la memoria tiene una extraña forma de funcionar. Cuando la vida sonríe, damos por normales demasiadas cosas. Nos acostumbramos a la salud, a las personas que siempre están, al trabajo, a la rutina, a las conversaciones de cada día, a llegar a casa y encontrar la luz encendida. Vivimos deprisa. Tanto, que acabamos confundiendo lo cotidiano con lo garantizado.

Sin embargo, basta con que aparezca una preocupación para que nuestra memoria cambie de bando. De repente parece que todo ha ido mal. Que siempre ha sido difícil. Que estamos solos. Que nadie entiende lo que estamos viviendo.

Y casi nunca es verdad.

Hay un ejercicio que todos deberíamos hacer alguna vez: sentarnos, mirar hacia atrás y recorrer nuestra vida sin prisas.

No para idealizar el pasado. Tampoco para buscar explicaciones donde no las hay. Simplemente para observar.

¿De verdad todo dependió siempre de nosotros?

Porque, cuando uno mira con un poco de honestidad, descubre algo desconcertante. Aquella oportunidad que apareció cuando ya no la esperabas. Esa conversación que cambió el rumbo de una decisión. Personas que llegaron justo cuando hacían falta y otras que se marcharon cuando ya habían cumplido su misión. Caminos que parecían un fracaso y que terminaron llevándote exactamente al lugar donde debías estar.

No hablo de una vida perfecta. Esa no existe. Todos llevamos pérdidas, decepciones y preguntas que probablemente nunca tendrán respuesta. Pero incluso esas páginas, leídas con la distancia que regalan los años, acaban formando parte de una historia mucho más coherente de lo que parecía mientras la estábamos escribiendo.

Quizá el problema no sea que nos falten motivos para confiar. Quizá el problema es que olvidamos demasiado rápido.

Olvidamos todas las veces que encontramos fuerzas que no sabíamos que teníamos. Todas las veces que una puerta se abrió cuando otra acababa de cerrarse. Todos esos momentos en los que, sin entender muy bien por qué, la vida terminó sosteniéndonos.

Por eso me gusta esa expresión: memoria agradecida.

Porque no consiste en negar los días malos. Consiste en impedir que un mal día borre toda una historia de bienes recibidos.

Y cuando uno recorre su vida con esa mirada, deja de ver una sucesión de casualidades. Empieza a descubrir una presencia discreta. Silenciosa. Paciente. Tan respetuosa de nuestra libertad que muchas veces pasa desapercibida, pero tan constante que, cuando uno une los puntos de su propia historia, resulta difícil no preguntarse si alguien llevaba escribiendo el relato mucho antes de que nosotros aprendiéramos a leerlo.