En esta época de trasiego de personas, en ese tránsito constante que provoca cada periodo vacacional, especialmente en verano, las bolsas de viaje, maletas y mochilas se van trasladando junto a los viajeros de un lugar a otro. Una imagen que no es ajena a nadie y que permite distinguir a los individuos que conforman nuestra sociedad a través de la observación.

Cuando paso por un aeropuerto o una estación, me pregunto lo que encierra cada uno de esos conjuntos cargados por sus respectivos propietarios. Dentro de un equipaje cabe ropa, útiles de aseo, de ocio, medicamentos, lo esencial que se puede portar a cuestas para cubrir las necesidades básicas en un intervalo más o menos corto de tiempo. Pero también un equipaje encierra sueños, obligaciones, imprevistos o descanso. Un equipaje encierra la esencia de cada persona, su identidad más profunda. El desplazamiento puede ser voluntario o estrictamente necesario, pero a buen seguro que aportará lecciones de vida y vivencias únicas.

La capacidad de gestión o la exigencia de cada escapada te llevan a utilizar desde una maleta espaciosa hasta una reducida mochila. Las compañías aéreas han hecho que adoptemos esa cultura que te ciñe a lo imprescindible, algo válido para una escapada pero no para una duración mayor. Han entendido y han inculcado que si el tiempo es oro, el espacio lo es más. Cuando se creía que el equipaje de mano, identificándolo con una maleta de cabina, era la mínima expresión para hacer una excursión de pocos días, llegaba el uso de la mochila, de un tamaño inferior, y para acompañarte debajo del asiento. Ha ganado en importancia el aprovechamiento de los huecos y ello nos obliga a discernir, de manera rápida, qué es esencial y qué prescindible.

El viaje físico puede llevarnos al viaje interior: reducir el ruido, estimular la mente, encontrarse con uno mismo; oportunidades inmejorables para afrontar el día a día con una actitud diferente.

Recuerdo cómo en la infancia viajamos desde el sofá con Willy Fog, viendo aquella serie irrepetible de «La vuelta al mundo», y aprendimos la canción que decía que «el viajar es un placer que nos suele suceder» con los payasos de la tele. La cantante francesa Desireless incitaba a viajar con su «voyage, voyage» y, hoy, me encanta repasar la letra de una composición de Karol G y Manu Chao: «viajando por el mundo me encontré / cosas hermosas que antes no veía / personas que disfrutan un amanecer / y las cosas sencillas que nos da la vida».

Si tienes la suerte de poder viajar, aprovecha el momento y disfruta del regusto que te deja.